Mi historia con el tejido no empieza conmigo.
Empieza mucho antes, en una familia donde el saber pasó, sobre todo, de mujeres a mujeres.
Mi rama familiar fue netamente matriarcal.
Mi abuela materna tenía once hermanos y, como en tantas familias de inmigrantes que llegaron desde Europa a Argentina a comienzos del siglo XX, la vida se sostuvo con lo que cada uno sabía hacer con las manos.
Eran, en su mayoría, italianos del norte.
Cuando llegó el crack del 29, se fundieron todos y tuvieron que empezar de cero.
Las mujeres de la familia sabían hacerlo: tejían, cosían, bordaban.
Oficios comunes entonces. Oficios necesarios.
Todas… menos mi abuela.
A ella la habían preparado para otra cosa.
Era la más bella de las hermanas y la educaron como si fuera una muñeca de porcelana: piano, idiomas, formación “fina”.
Algo poco habitual en la Argentina de 1900 y reservado solo a familias que creían que el futuro iba a ser siempre amable.
Pero el futuro no lo fue.
Cuando todo se vino abajo, mi abuela fue la única que no tenía una habilidad práctica a la que aferrarse.
Y aun así, el tejido estaba ahí.
Siempre estuvo ahí.
Yo crecí viendo a esas mujeres (tías, abuelas, primas) hacer maravillas con agujas e hilos.
Y lo que recuerdo no es nostalgia.
Es asombro.
Ver un hilo recto convertirse en una flor.
En relieves, colores, volumen.
Para mí, de niño, no era algo antiguo.
Era algo inexplicable.
Casi mágico.
Con las lanas sobrantes hacían cuadros en punto cruz: paisajes, flores, escenas completas.
Me fascinaba cómo se podía pintar con hilos y colgar eso en una pared.
Por otro lado estaba la costura, y ahí aparecía mi madre.
Era docente, pero en su tiempo libre se hacía su propia ropa y también cosía para otros.
Lo que más me impactaba eran los vestidos para muñecas.
Muñecas de otra época, con ropa diminuta, detalles precisos, un nivel de dedicación que hoy casi no existe.
Otra rama de la familia bordaba a mano.
Bordado paciente, silencioso.
Muchas de ellas iban a la misma iglesia que yo.
Antes o después de misa pasaban por la sacristía a recoger manteles del altar para arreglarlos y bordarlos.
Siempre me impresionó ese gesto: coser para un lugar sagrado, sin firma, sin reconocimiento.
Pasaron los años.
La adolescencia.
La rebeldía de los 80 en Argentina.
Y un día algo hizo clic.
Tendría veinte o veintiún años cuando pensé:
esto me fascina.
Y también:
esto hay que preservarlo.
Me acerqué a ellas, una por una, y les pedí que me enseñaran.
Nos juntábamos de noche, con un café o un licor, hablando de la vida.
Mientras me enseñaban a tejer, bordar y coser, me contaban historias familiares que yo no conocía.
Ahí entendí que no solo me estaban transmitiendo técnicas, sino una forma de estar en el mundo.
Probé muchas cosas, pero lo que más me atrapó fue el bordado.
Porque no lo veía como costura, sino como pintura.
Pintar con hilos, puntada a puntada.
Después llegó el crochet, sobre todo por las terminaciones de los manteles.
Y más tarde las dos agujas, para entender todo el lenguaje textil.
Quise aprender bien, así que me formé también fuera de la familia, con modistas y profesionales.
Recuerdo una pregunta que le hice a una profesora:
—¿Por qué el tejido?
Y su respuesta me quedó grabada:
—Porque el tejido nos permite pensar mientras hacemos algo mecánico y matemático.
Con el tiempo empecé a hacer prendas de abrigo y a experimentar.
Salir de lo recto, probar diagonales, girar el tejido.
Ahí entendí que el tejido no era solo repetición.
También podía ser exploración.
Después me dediqué más a la costura, pero el tejido nunca se fue.
Siempre estuvo ahí, sosteniendo todo lo demás.
Eso es, en esencia, mi historia con el tejido.
Y lo que hice después fue compartirla.
Legarla.
Enseñarla.
Y hay algo que me emociona especialmente:
compartirlo con mi suegra.
Nos sentamos juntos a crear mantas en forma de patchwork a crochet.
Cuadrado a cuadrado.
Color con color.
Entendí algo muy simple:
lo que se recibe no es solo de uno.
Es una herencia viva.
Y solo existe si se transmite.
Alejandro
