Tejer en secundaria: la historia de una profesora jubilada que transformó el aula con crochet

Me llamo Eugenia. 
Soy profesora jubilada de secundaria. 

Mi historia con el tejido empezó en casa. 

Mi abuela murió cuando yo tenía doce años. 
Pero antes de irse me dejó algo que todavía llevo en las manos. 

Me enseñó crochet y punto. 
Las dos cosas. 
Y aprendí las dos. 

Era perfeccionista hasta el extremo. 
Si salía un agujerito, por pequeño que fuera, había que deshacerlo todo. 
En catalán decimos: “fen i desfent s’aprèn”
Haciendo y deshaciendo se aprende. 

Y con el tiempo entendí que esa frase servía para mucho más que para tejer. 

Mi madre también era muy buena con las agujas. 
En casa el hilo siempre estuvo presente, como algo natural. 

Cuando nació mi primer hijo, Roland, yo tenía 32 años. 
Retomé el punto y le hice un jersey. 
Lo guardo como un tesoro. 
Después nació Enric, mi segundo hijo, y también tuvo el suyo. 

Luego llegó el estrés de la crianza, el trabajo. 
Lo dejé bastante. 
Pero nunca del todo. 

Siempre encontraba un momento. 
Las esperas en el coche mientras estaban en inglés. 
Algún rato robado al día. 

Cuando mis hijos se fueron a estudiar fuera, volví con más fuerza. 
Y ahora, ya jubilada, es un no parar. 

Tejo para la novia de mi hijo. 
Es joven y valora la artesanía, la vida más conectada y natural. 
Le he hecho bufandas, chales, jerséis. 
A veces pienso que es la hija que me habría gustado tener. 

Pero el tejido no se quedó en casa. 

Yo trabajaba en un instituto. 
En Cataluña teníamos lo que llamábamos Aula Oberta: un espacio para alumnado desenganchado, chicos y chicas que no querían estudiar, etiquetados como problemáticos. 

Un día, una alumna me dijo: 

—Estoy harta. Los chicos tienen talleres de mecánica y nosotras no tenemos nada. Y tu clase de botánica me aburre muchísimo. 

No me ofendí. 
Me hizo pensar. 

Le dije casi sin pensarlo: 

—Yo sé hacer bufandas, gorros y cosas así… 

Se le iluminaron los ojos. 

—Eso sí me gustaría. 

Le propuse un reto: 

—Si me traes diez personas que quieran hacerlo, lo montamos. 

Al día siguiente apareció con diez chicas. 
Las más trastos del instituto. 

Y yo pensé: 
¿En qué lío me he metido? 

Fui a comprar lanas. 
Saqué agujas. 
Empezamos con punto, que era lo que yo hacía más en ese momento. 

Y pasó algo que no esperaba. 

La chica que había propuesto el taller aprendió rapidísimo. 
En pocos días ya estaba ayudando a las demás. 
Se convirtió en mi apoyo dentro del aula. 

Aquella alumna, a la que muchos veían como torpe o conflictiva, empezó a sentirse capaz. 
Útil. 
Valiosa. 

Hacíamos lo que ellas querían. 
Un bolso para una amiga. 
Una bufandita para un sobrino. 
Un gorro pequeño. 

Poníamos música. 
Tejíamos y hablábamos. 

Me contaban cosas que jamás habrían dicho en una clase teórica. 
Mientras las manos repetían el punto, la tensión bajaba. 
Aparecía la confianza. 

Comprendí algo importante: 
en un entorno de confianza, el corazón se abre. 

Años después me cambié de centro y volvimos a crear un pequeño taller. 

Había chicas pakistaníes que no querían salir al patio. 
Venían al departamento. 
Aprendieron a tejer. 

Una de ellas se hizo una chaqueta preciosa. 
También hicimos un taller con alumnado de etnia gitana con tendencia al absentismo. 

Recuerdo a un chico, de un entorno muy desfavorecido. 
Cogió un ganchillo grueso. 
Hzo un cuadrado entero con cadeneta y punto bajo, de arriba abajo. 

Lo pasó feliz. 
La tutora no daba crédito. 
Dijo que nunca se había portado tan bien. 

Aprendió ganchillo en una hora. 
Pero lo importante no fue el cuadrado. 

Fue la sensación de “yo puedo”. 

Durante años he dado clases, he explicado contenidos, he evaluado exámenes. 
Pero pocas cosas han sido tan transformadoras como un ovillo y un ganchillo en un aula. 

Tejer en secundaria no era una manualidad. 
Era una herramienta educativa. 

Era bajar el ruido. 
Era ofrecer un lugar sin juicio. 
Era enseñar que equivocarse no es fracasar: es deshacer y volver a empezar. 

Como decía mi abuela. 

Haciendo y deshaciendo se aprende. 

Y a veces, en un instituto, eso es exactamente lo que más falta hace. 

Eugenia 

Instagram: @raconetdellana 

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