Durante años dije que nunca iba a tejer.
La culpa, decía medio en broma, la tenían las monjas de mi colegio en Argentina.
En las clases de Actividades Prácticas había que coser, bordar, tejer.
A mí no me gustaba nada.
Mientras mis compañeras avanzaban con aguja e hilo,
yo sentía que ese mundo no era para mí.
Así que me alejé de los hilos.
Mi camino fue otro.
Estudié.
Trabajé.
Y terminé dedicándome al arte y a la cultura.
Durante años fui educadora y guía de museos.
Me encantaba acompañar a las personas a descubrir una obra, una historia, una mirada nueva.
Con el tiempo también creé mi propia empresa de gestión cultural.
Era una vida llena de proyectos, de movimiento, de gente.
Hasta que llegó 2020.
Los museos cerraron.
Las visitas se suspendieron.
Los proyectos se detuvieron.
De repente todo quedó en silencio.
Y en medio de ese silencio pasó algo inesperado.
Volví a tocar los hilos.
No fue una decisión importante.
Solo tenía ganas de hacer algo con las manos.
De ocupar el tiempo de otra manera.
Empecé despacio.
Recordando algunos puntos.
Equivocándome mucho.
Pero algo empezó a cambiar.
Descubrí las texturas.
Los colores.
Los materiales.
Descubrí el tiempo lento de las manos.
Y descubrí que tejer también podía ser una forma de contar historias.
Con el tiempo los proyectos fueron creciendo.
Empecé a crear piezas textiles cada vez más grandes.
Me gusta mezclar técnicas.
Combinar hilados.
Jugar con volúmenes y capas.
Cada obra es un lugar donde se encuentran muchas partes de mi vida.
La educadora.
La gestora cultural.
La narradora de historias.
Y también aquella chica que decía que nunca iba a tejer.
A veces pienso en aquellas monjas del colegio…
y sonrío.
Porque al final, los hilos encontraron el camino de vuelta.
Marcelle Lacroix
Instagram: @vientos.del.sur.macrame
