En su casa siempre hubo hilo.
Antes incluso de que ella lo supiera, ya estaba allí.
Venía de su bisabuela.
Pasó por su abuela.
Y terminó llegando a sus manos.
De niña, se quedaba mirando.
El sonido de las agujas chocando.
Ese tintineo constante.
Los jerseys creciendo poco a poco, sin prisa.
No entendía cómo ocurría.
Pero algo se le quedó dentro.
Años después, su madre le enseñó lo básico.
Lo suficiente para empezar.
Y un día decidió volver.
Sin saber muy bien por qué.
Aprendía sola.
Con vídeos, con patrones, con errores.
Hacía y deshacía.
Una y otra vez.
Tomaba notas en un cuaderno.
Como si estuviera guardando algo importante.
Aún no sabía que también se estaba construyendo a sí misma.
Porque hubo momentos difíciles.
Momentos de esos en los que cuesta respirar.
Y entonces tejía.
Y en ese rato todo se calmaba.
Las manos seguían.
La cabeza bajaba el ruido.
Era una forma de volver a ella.
Con el tiempo empezó a notar algo más.
Que no todos los trabajos eran iguales.
Aunque lo parecieran.
Un día le encargaron unos corazones con sonrisa.
Un detalle para cerrar un curso.
El patrón era sencillo.
Todos iguales.
Pero no salían igual.
Algunos costaban.
Mucho más de lo normal.
Y cuando llegaba el momento de dibujar la sonrisa…
no encajaba.
Lo intentaba.
De distintas formas.
Pero no había sonrisa ahí.
Sentía otra cosa.
Vacío.
Tristeza.
Se lo dijo a la clienta.
Porque había confianza.
Y entonces lo entendió.
Era un curso para mujeres que habían sufrido maltrato.
Ahí todo encajó.
Los corazones no estaban alegres.
Estaban rotos.
También hay momentos distintos.
Como el de aquel hombre que volvió a abrir su tienda.
No le iba bien.
Le pidió un amigurumi para colgar.
Un adorno más.
Lo puso.
Y poco a poco empezaron a llegar clientes.
Él decía que le había dado suerte.
Ella no sabe si es suerte.
Pero sí sabe algo.
Que cada pieza que hace lleva algo dentro.
De quien la recibe.
Y también de quien la teje.
Hay personas que, sin conocerla, le dicen que eso se nota.
En el punto.
En la forma de hacer.
A ella le sorprende.
Pero lo acepta.
Porque para ella tejer ya no es solo tejer.
Es una forma de estar en el mundo.
De construirse despacio.
De dar algo suyo a otros.
Y de seguir creciendo por dentro.
Por eso dice que teje sus propias alas.
Para seguir avanzando.
Entre lo que se ve…
y lo que no se puede explicar.
Sara María López Gómez
Instagram: @tejiendomisalas_
