Mi historia con el crochet empezó la Navidad pasada.
Mi sobrina estaba esperando a su bebé y le regaló a mi mamá, la futura bisabuela, un pequeño muñeco tejido a crochet y un libro. La idea era sencilla: que tejiera una manta para el bebé que venía en camino. Vicente, mi sobrinonieto.
Mi mamá nos pidió ayuda.
Y así, casi sin planearlo, mis dos hermanas, mi sobrina, mi mamá y yo nos sentamos alrededor de una mesa con ovillos y agujas.
Algunas sabían algo.
Otras nada.
Cada una hizo cuadraditos de 10 x 10 centímetros.
Cien gramos de lana convertidos en pequeños fragmentos de tiempo, paciencia y aprendizaje.
Nos equivocábamos.
Desarmábamos.
Volvíamos a empezar.
A veces un punto quedaba flojo.
A veces había que contar otra vez.
Nos enseñábamos lo poco que sabíamos.
La manta se terminó.
Mi mamá y yo tejimos la mayor parte, pero eso no fue lo importante.
Lo importante fue estar las cinco.
Compartir la mesa.
Dejar que las conversaciones aparecieran sin esfuerzo.
Reírnos cuando algo salía torcido.
Ahí entendí que el crochet no era solo una técnica.
Era una forma de acompañarnos.
De estar presentes.
De hacer algo juntas sin necesidad de demostrar nada.
Poco después de que naciera Vicente, me vine a vivir a Mallorca.
La manta quedó allá, abrazándolo.
Y yo llegué a la isla con ilusión… y con esa nostalgia suave que traen los comienzos.
Las ganas de seguir tejiendo viajaron conmigo.
En Mallorca, el crochet se convirtió en refugio.
En las tardes más silenciosas, cuando la casa todavía no se sentía del todo mía, sentarme a tejer era una forma de ordenarme por dentro.
El ritmo de los puntos me ayudaba a encontrar el mío.
La lana entre los dedos me recordaba aquella mesa compartida.
No estaba tan sola como parecía.
Quise aprender más.
Tomé clases.
Practiqué.
Deshice muchas veces.
Y poco a poco, casi sin darme cuenta, ese gesto íntimo empezó a ocupar también un lugar de emprendimiento en mi vida.
No nació como un plan de negocio.
Nació como una prolongación natural de aquello que me hacía bien.
Empecé a compartir lo que aprendía.
A dar pequeños talleres.
A ofrecer algunas piezas hechas con calma.
El crochet pasó de ser un encuentro familiar a convertirse también en una manera de sostenerme, sin perder su sentido.
Hoy sigo tejiendo.
A veces sola.
A veces acompañada.
Pero siempre con la sensación de que aquella manta no solo abrigó a un bebé.
También abrió un camino.
Un camino hecho de puntos pequeños, constantes.
De vínculo.
De calma.
Y de la posibilidad de crear algo propio sin dejar de honrar de dónde vino todo.
Y todo empezó aquella Navidad, alrededor de una mesa, con cinco mujeres aprendiendo juntas.
Paula
