Mi abuela tejía a dos agujas y crochet.
Y, sin saberlo, me estaba tejiendo a mí.
Yo era su nieta preferida. La mayor. También tenía un nieto varón, pero conmigo se desvivía. Me hacía remeritas con hileras de conejitos de colores, otras con ropita dibujada en el punto.
Me hacía “gordos”, como se decía entonces. Con hilado grueso, tipo Montgomery, trenzas marcadas y botones de madera. Eran un espectáculo.
Ella tejía todo el tiempo.
Pero yo era chica y no le daba bolilla.
Me malcriaba. Me llevaba al colegio. Me compraba gomitas a escondidas de mi mamá. Hubo meses en que viví con ella. Y me malcriaba todavía más.
Después falleció de cáncer.
Yo tenía diez u once años. No quise ir al velatorio. No quería verla en un cajón. La amaba demasiado.
Cuando todo pasó y volví a mi casa, apareció una bolsa suya. De esas que se cuelgan del brazo. Ahí llevaba el hilado y tejía mientras caminaba por la casa.
También me quedaron sus agujas.
Un día las miré y dije: voy a ver qué puedo hacer.
Tenía 11 años. Agarré una aguja de crochet. Quería hacer una carpetita. Pero no sabía aumentar. No sabía nada. El tejido empezó a cerrarse… y terminó siendo una boina.
Me quedó redonda.
Y yo andaba feliz con mi boina puesta.
Me había comprado una revista de las de antes. No existía YouTube, ni Pinterest, ni tutoriales. Miraba los gráficos y no entendía nada.
Pero seguí.
A ojo.
Sola.
Así aprendí a tejer.
Después, cuando quedé embarazada, había hecho un parate. Había dejado las agujas a un lado.
Y mi mamá me dijo:
—Nena, vos tejés muy bien. Tomá.
Me trajo un ovillo y agujas.
—Empezá a tejerle a tus hijos.
Y volví.
A cada uno le hice una mantita especial. Distinta. Pensada para cada uno. Después llegaron mis nietos, tengo tres, y también tejí una manta para cada uno. Como si el hilo fuera una forma de abrazarlos incluso cuando yo no estoy.
En 2010 perdí un bebé.
Fue un golpe muy grande. Un bajón profundo. En ese tiempo estaban los blogspot de tejedoras. Y mi ex me dijo:
—¿Por qué no te abrís uno? A lo mejor te despeja.
Y lo hice.
La página se llamó Mi amiga Vareta.
Me ayudó a transitar ese dolor. A escribir lo que no podía decir en voz alta. A sentir que del otro lado había alguien leyendo.
Yo nunca dejé de tejer.
Hubo épocas de depresión. Y de fibromialgia. Llegué a pesar casi 130 kilos. Mido un metro cincuenta. Estaba muy mal. Y mi psicóloga, que sabía que yo tejía, me preguntó:
—¿Estás tejiendo?
—No, no tengo ganas — le decía.
Y ella me respondió:
—Karina, ponete a tejer. Es laborterapia.
Hace treinta años que hago terapia. Tengo 58. Y cada tanto vuelven los bajones. Es algo con lo que convivo.
Hay momentos en que agarro el tejido y no me sale. No me sale crear. No me sale avanzar.
Y entonces pienso cuánto se parece el tejido a la vida.
A veces estás firme, como las varetas derechas.
A veces aparecen agujeritos.
A veces estás como montañitas, cuando todo va bien.
Y cuando no podés más, te frenás.
Y el tejido queda incompleto.
Como uno.
Pero incluso así, el tejido espera. No se enoja. No exige.
Siempre podés retomar.
He hecho de todo. Atrapasueños, gorros turcos, bufandas, personajes de moda para chicos, hubo una época de minions, mantas, ropa para mis nietos.
Ahora ya están grandes. A la que más le tejo es a la más chiquita.
Después de 32 años de matrimonio decidí separarme y vivir sola.
Me gusta vivir sola. No me veo compartiendo mi casa con nadie. Pero hay días en que la soledad pesa. Y esos días recurro al tejido.
A eso le llamo tejerapia.
Hace dos años nos juntábamos quince amigas a tejer. Yo les enseñé. Era nuestro espacio. Nuestro refugio compartido.
En mi época de catequista, tejía las pelucas de los disfraces de los niños para animar fiestas en geriátricos.
No teníamos plata.
Pero sí crochet y ganas.
Nunca me importó demasiado la opinión de los demás. Tengo más de 50 años y voy con trenzas. Salgo a la calle con ropa tejida por mí.
El otro día transformé unos pantalones, les agregué tejido blanco a unas calzas y salí así. Todos me decían:
«Qué bueno tu conjunto».
Hasta otras tejedoras me dicen que mis tejidos son únicos.
Y yo me siento orgullosa. Porque pienso: tengo mi personalidad. Soy diferente. Y me gusta serlo.
Para mí, tejer es un salvavidas de la mente.
Cuando alguien me dice que no tiene paciencia para tejer, le respondo que es todo lo contrario.
Porque cuando estás enroscando el hilo, metiendo la aguja en el punto, contando… la mente ya no está en el problema de ayer ni en la angustia de mañana.
Está ahí.
Concentrada. Presente.
Y cuando te querés dar cuenta, ya avanzaste un tramo.
El tejido no exige paciencia.
La construye.
Karyna Vareta
Instagram: @karyna_vareta
