Tejiendo latidos: cómo el crochet cambió mi forma de trabajar y vivir

El crochet cambió mi forma de entender el trabajo.
Y, sin darme cuenta, también transformó mi manera de estar en el mundo.
Me llamo Daniela Perdomo, tengo 32 años, y siempre supe que el arte era mi lugar, aunque
durante mucho tiempo no entendí hacia dónde me llevaría ni qué espacio ocuparía en mi
vida.
Durante la pandemia, mi madre intentó enseñarme a tejer. Ella había vuelto a tejer a dos
agujas, a ese gesto heredado de su propia madre, como quien regresa a casa. Yo no pude
acompañarla. Los puntos no me hablaban y, cuando algo no salía, la calma no aparecía.
El arte siempre estuvo presente en mi vida. A los diez años tocaba el violín. Más tarde
estudié Bellas Artes, pero nada terminaba de llenarme por completo. Buscando respuestas,
me mudé a Bilbao para estudiar luthería. Allí encontré algo distinto: la madera, el silencio, la
paciencia. Ver nacer instrumentos a partir de mis manos me hacía sentir plena.
Una noche, sola en una ciudad que aún no sentía mía, regresé al crochet. No por
convicción, sino por necesidad. Y entonces lo comprendí. Comprendí lo que mi madre había
querido transmitirme: la serenidad que aparece cuando las manos trabajan y la mente
descansa.
Después de jornadas largas entre la escuela y las clases de violín que daba por las tardes
para sostener mi vida en Bilbao, llegaba a casa y tejía. Lo hacía para vaciarme, para
regalar, para crear amigurumis y entregarlos a las personas que formaban parte de mi
mundo.
Solía tejer de noche, cuando la ciudad se apagaba y el silencio llenaba el piso. El hilo
avanzaba despacio, punto a punto, como si no tuviera prisa por llegar a ningún sitio. En
esos momentos no pensaba en el futuro ni en decisiones importantes. Solo estaba allí,
haciendo algo sencillo, dejándome acompañar por el gesto repetido de las manos.
Todo cambió con el embarazo. La luthería se volvió demasiado exigente y mi cuerpo ya no
podía mantener el ritmo de antes. Mi pareja trabajaba muchas horas; no estaba sola, pero
pasaba gran parte del día en casa, creando en silencio a mi bebé. En ese tiempo
suspendido, el crochet ocupó un lugar nuevo. Empecé a dedicarle más horas y los encargos
llegaron. Me acompañaban. Me hacían sentir útil en un momento de profunda introspección.
De ahí nació mi pequeño negocio, Tejiendo Latidos. Un proyecto que me ha enseñado a
mirar la vida desde otro lugar.
Vivo en una mezcla constante: la alegría profunda de dedicarme a algo que amo y, al mismo
tiempo, el choque con las prisas de este mundo. El quererlo todo ya, las fechas marcadas,
los tiempos que no siempre respetan el ritmo de las manos ni del corazón.
Hoy sigo aprendiendo a convivir con esa contradicción. Crear despacio en un mundo que
corre, cuidar los tiempos de lo hecho a mano cuando todo parece necesitarse para ayer. No
siempre es fácil. Pero intento no perder de vista por qué empecé: la calma, el sentido y la
posibilidad de estar presente en lo que hago.
Cuando nació mi hija, lo supe con claridad: no quería volver a la vida de antes. Quería estar
con ella y aprovechar cada instante. El crochet me permitió unir crianza y trabajo, familia y
creación. Me regaló un oficio que me llena y me transmite paz.
Amo los mensajes de quienes reciben mis encargos. Sus sonrisas. Saber que he creado
algo que habían imaginado.
No tengo respuestas ni planes cerrados.
Por ahora, sigo tejiendo.

Historia escrita por Daniela Perdomo

Instagram: @tejiendo_latidos

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