Soy ítalo-venezolana.
Los desplazamientos viven en mi historia.
Mis padres emigraron buscando futuro.
Yo nací en Venezuela.
Crecí allí.
Me hice allí.
En una familia de mujeres tejedoras.
Mi abuela.
Mi madre.
Mis tías.
Mi hermana.
Y yo.
Mis inicios fueron los de una niña curiosa.
Mi madre me enseñó.
Siempre estuve entre hilos.
Entre puntos.
Entre silencios que se tejían con las manos.
Después llegaron los estudios.
El trabajo.
La vida.
Y el tejido quedó atrás.
Hasta que me tocó hacer el camino inverso.
Migrar.
Dejar Venezuela.
Volver a empezar en Italia.
Hace cuatro años, el crochet volvió a mí.
Como refugio.
Como sostén.
Como forma de encontrarme conmigo misma.
Lo que antes era herencia, se convirtió en camino.
Hoy entiendo que el crochet es un acto global.
No es solo una labor manual.
Es respiración.
Es meditación.
Es presencia.
Es autocuidado.
Y entendí algo más.
El crochet no tiene idioma.
No importa de dónde vengas.
No importa cómo hables.
Se aprende mirando.
Mostrando.
Repitiendo el gesto.
Con el tiempo empecé a tejer con otras mujeres.
Y casi siempre pasa lo mismo.
Al principio dudan.
“Esto no es para mí.”
“No puedo.”
“Soy torpe.”
Se frustran.
Se enfadan.
Quieren rendirse.
Pero si se quedan…
si respiran…
si se dan tiempo…
las manos aprenden.
El cuerpo recuerda.
Y algo cambia.
El crochet es más que tejer.
Es habitarse.
Es sanar, punto a punto.
Stefana Caradonna
