El crochet me sostuvo cuando perdí a mi hija: historia de duelo y sanación

Aprendí a tejer cuando mi mundo se estaba rompiendo. 

Soy Soledad. 
Nací en Chile. 
Tengo 47 años. 

De niña siempre quise aprender crochet. 
Pero en mi familia nadie sabía tejer. 
Tampoco en el colegio. 

La vida me llevó por otro camino. 
Fui operadora de maquinaria pesada en una minera. 
Grúas torre, puentes grúa. 
Un trabajo duro, que me gustaba. 

Tenía cinco hijos. 
Mi mundo giraba alrededor de ellos. 

En 2018 todo cambió. 

Mi hija Gabriela empezó con un dolor pequeño en el pie. 
Nada parecía grave. 
Pero los exámenes fueron llegando. 
Las hospitalizaciones. 
Las urgencias. 

El diagnóstico fue devastador: cáncer en los tejidos blandos de la columna. 

Recuerdo una escena con claridad absoluta. 
Yo estaba en el hospital esperando que saliera de una operación. 
No podía respirar tranquila. 
No podía pensar. 

Y vi a una mujer sentada en una silla, tejiendo. 
Con una aguja y una pelota de lana. 
Estaba serena. 

En medio del mismo infierno que yo. 

La miré y pensé: 
Yo necesito eso. 

Pero no sabía tejer. 
No tenía quien me enseñara. 

Meses después, ya sin trabajo y con la vida completamente desordenada, decidí intentarlo. 
Busqué en YouTube. 
Compré lana. 
Y empecé. 

Fue extraño. 
Como si mis manos ya supieran. 
Como si algo dentro de mí hubiera estado esperando ese momento toda la vida. 

El crochet se convirtió en mi terapia. 

Mientras mi hija luchaba contra la enfermedad, yo tejía. 
Había noches en que no dormía por el miedo. 
Pero durante el día, cuando tomaba la aguja, mi respiración cambiaba. 
Mi mente bajaba el ruido. 

No solucionaba el cáncer. 
No detenía el dolor. 
Pero me sostenía. 

Invertía dinero en lanas que a veces no tenía. 
Muchas veces regalaba lo que hacía. 
No tejía para vender. 
Tejía para no romperme. 

En septiembre de 2020, el día de mi cumpleaños, mi hija falleció. 

Después de su funeral dejé de tejer. 
El silencio fue enorme. 
El vacío también. 

Trabajé sin parar durante meses. 
Como si el cansancio físico pudiera anestesiar el dolor. 

Hasta que un día volví a tomar la aguja. 

Y desde entonces no he parado. 

He perdido mucho en la vida. 
He atravesado situaciones que nunca imaginé vivir. 
He sentido mi corazón fracturado. 

Pero el crochet me ayudó a no perderme a mí misma. 

Con el tiempo dejé de comerme las uñas. 
Bajé de peso. 
Mi salud mejoró. 
Aprendí que el alma también necesita un cuidado constante. 

Hoy vivo en Mallorca. 
Sigo tejiendo. 

Y si algún día alguien siente curiosidad por aprender, 
yo tengo tiempo. 

Podemos sentarnos, 
compartir un café, 
y dejar que las manos hagan lo que a veces las palabras no pueden. 

Porque todo tiene solución, menos la muerte. 
Y después de la tormenta, aunque cueste verlo, vuelve a salir el sol. 

Soledad Olivares Burgos 

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