Puntada a puntada: cuando el crochet me mantuvo en mi depresión

Llevo un año tejiendo. 
Soy aprendiz. 

Y aun así, el crochet me salvó la vida…

Cuando decidí quitármela. 
Estaba sumergida en un dolor profundo conmigo misma. 
Tenía un hijo, una familia, un hogar, comodidades. Desde fuera, todo parecía una bendición. 

Pero por dentro sentía un vacío enorme. 

Era la tercera vez que caía en depresión. 
Y lo que más me dolía no era lo que me faltaba, sino no poder agradecer lo que tenía. 
No sentir amor hacia mí misma. 
No sentirme suficiente. 
No sentirme feliz en una vida que, en teoría, lo tenía todo. 

Vivía rodeada de cosas materiales, de estabilidad, de esa “suerte” que muchos envidiarían. 
Y sin embargo, por dentro era una desgracia silenciosa. 

Hasta que un día llegó el crochet. 

No llegó como una solución mágica. 

Se introdujo en mi vida puntada tras puntada. 

Cada punto aprendido era una conversación conmigo misma. 
Cada prenda terminada, aunque imperfecta, era una prueba de que todavía podía crear algo. 
Cada textura, cada lana, cada modelo nuevo me concentraba y me calmaba. 

Empecé a dormir mejor. 
Empecé a tener planes. 
Empecé a sentir propósito. 

No fue inmediato. 
Fue un proceso. 

El crochet me enseñó a mirarme con otros ojos. 
Agradecer lo que antes veía como desgracia. 
A aprovechar lo que tenía. 
A empezar a sanar desde dentro. 

Hoy sigo en ese camino. 
Sigo aprendiendo. 
Sigo siendo imperfecta. 

Pero ya no me siento perdida. 

Me abrigué en la comunidad crochetera sin asistir a ninguna reunión. 
Sin conocer a nadie en persona. 
Aun así, me sentí parte de algo más grande: 
un mundo donde no solo se teje para vender, 
sino para sanar, 
para tener paciencia, 
para compartir amor y fraternidad. 

Para mí, el crochet fue un ángel vestido de lana. 

No me salvó de la noche a la mañana. 
Me mantuvo en pie puntada a puntada. 

Anónimo 

La Comunidad del Hilo
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