Tejer para silenciar el ruido

Yo no empecé a tejer por los acúfenos. 

Empecé mucho antes. 

Hace veintitrés años me encontré en casa con un bebé, un marido y una sensación difícil de explicar. Necesitaba hacer algo. Algo que fuera mío.

Siempre me habían gustado las cosas tejidas.

Miraba un chal o una manta y pensaba: qué lindo sería tener algo así.

Pero como nadie me tejía nada, un día dije, voy a aprender yo. 

No tenía ni idea de si me iba a salir. Y, aunque no lo creas, las manualidades no me gustan. 

Primero fui a aprender con una señora llamada Finela. No tenía mucha paciencia. Fui a una clase y no volví más.  

Pero la curiosidad seguía. 

Después entré en otra casa de lanas y conocí a Lola, una mujer de unos 86 años. Le dije que quería tejer una hamaca paraguaya. Yo no sabía ni agarrar la aguja. 

“Vamos a empezar con las cadenitas”, me dijo. 

Y así empezó todo. 

Nunca tejí la hamaca. 

Lo primero que tejí fue un camino de mesa. Para mí tenía muchísimo significado. No era decoración. Era la prueba de que podía aprender algo nuevo.  

Después vinieron los chales. 

Así fue pasando el tiempo. 

También vinieron problemas de salud. Momentos difíciles. Pero el hilo siempre estaba cerca. 

Hasta que en 2017 algo pasó. 

Empecé a sentir los latidos muy fuertes, como si me golpearan por dentro. Era un sonido constante. Invasivo. Insoportable. 

No sabía explicarlo. Solo sabía que no podía dejar de escucharlo. 

Empecé a tener crisis de ansiedad y ataques de pánico.

Un día llegué llorando a una consulta médica y le dije al médico que me quería arrancar la cabeza porque no aguantaba más los latidos. 

Me mandaron a hacer estudios y ahí apareció la explicación: una arteria pegada al oído interno. Acúfenos pulsátiles. 

De pronto, el miedo tuvo nombre. 

No había solución. 

Tenía que aprender a convivir con ese ruido. 

Y ahí el tejido dejó de ser un hobby. 

Se volvió un salvavidas. 

Empecé a notar que, cuando tejía, mi respiración bajaba. Las pulsaciones se regulaban. Y el ruido, aunque seguía ahí, se hacía más llevadero. 

Al principio el ruido me aislaba. Me ponía nerviosa. Y cuanto más nerviosa me ponía, más fuerte latía. Era un círculo. 

El crochet empezó a romper el círculo. 

Siempre tengo una aguja conmigo.  

Yo le digo mi “clonazepam”.  

Porque sentarme a tejer es un calmante real. 

En pandemia tejí muchísimo. Mantas, sobre todo.

Bajé treinta kilos. Y no por una dieta. Fue que, cuando me sentaba a tejer, no comía por ansiedad.  

En 2021 todavía seguíamos encerrados. Empecé a tomar clases online. Descubrí otras técnicas, otros diseños. 

Y sin darme cuenta, descubrí también que existía un mundo entero alrededor del tejido. 

Yo siempre había tejido sola. En mi casa.  

Hasta que, hace aproximadamente un año, mi hijo se mudó.

Me quedé en una casa enorme, llena de espacios vacíos. 

Y tomé una decisión. 

Armé mi taller en el quincho. 

Por primera vez, el tejido dejó de estar escondido y lo mostré a mi mundo. 

Ahí empezó otra etapa. 

Empecé a pensar en compartirlo, en hacerlo crecer, en darle forma de proyecto. 

Sigo teniendo ruido. 
Sigo teniendo miedos. 
Sigo siendo la misma que no sabía agarrar una aguja. 

Pero ahora sé algo. 

El hilo me sostiene con mis acúfenos. 
Me acompañó en el encierro. 
Me dio un espacio propio. 

Y hoy, más allá del ruido, tengo una certeza: 

Amo tejer. 

Y me encantaría vivir del tejido. 

Míriam Rinaldi

Instagram: @lalocadelavareta

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