Abalorios, ganchillo y una forma de volver a empezar

Me llamo Marlies y tengo 67 años. Soy alemana, aunque desde hace tiempo vivo en Alicante. 

Hace unos veinte años perdí mi trabajo. A mi edad sabía que encontrar otro no sería fácil. Tenía miedo de quedarme en casa sin rumbo, de que los días pasaran sin nada que hacer y de que, como decimos en alemán, el techo acabara cayéndome encima. 

Un día encontré una libreta donde explicaban cómo hacer cordones de ganchillo con abalorios. Aquello me llamó la atención. El crochet con lana nunca me había gustado demasiado, pero esto era diferente. Era más pequeño, más preciso, casi como construir algo punto a punto. 

Empecé con lo que tenía en casa: unos abalorios, hilo de coser y mucha curiosidad. 

Los primeros cordones salieron… como salieron. Me equivoqué muchas veces. Caí en todas las trampas posibles del aprendizaje. Pero en aquella época existía un foro en internet dedicado exclusivamente al ganchillo con abalorios. Allí encontré algo muy valioso: apoyo, consejos y también amigas. 

Poco a poco fui aprendiendo. 

Con el tiempo, algunas amigas de aquí me preguntaron si podía enseñarles cómo se hacía. Y casi sin darme cuenta empecé a enseñar. 

En 2010 llegó algo que cambió todo. 
Me diagnosticaron un cáncer de mama. 

Caí en un agujero negro. Me sentía inútil. Al mismo tiempo todo el mundo esperaba que tomara decisiones importantes sobre tratamientos, médicos, operaciones. Mi cabeza no paraba. 

En ese momento el ganchillo volvió a aparecer. 

Para hacer ganchillo con abalorios primero hay que enfilar todos los abalorios en el hilo siguiendo un patrón. Cuando mi mente daba vueltas y no podía parar de pensar, elegía patrones muy complicados, sin repeticiones. Tenía que concentrarme completamente para no equivocarme. Y esa concentración hacía que mi mente dejara de girar. 

Otros días ocurría lo contrario. Había decisiones importantes que pensar. Entonces cogía un trabajo que ya tenía preparado y repetía el mismo movimiento una y otra vez. Mientras mis manos trabajaban, mi mente se ordenaba. 

Era casi una forma de meditación. 

Poco a poco fui saliendo de aquel agujero. 

Y además el ganchillo tenía otro efecto muy sencillo pero muy importante: cuando terminaba un collar, sentía que había creado algo. Ya no me sentía inútil. 

Con todo lo que había vivido, en 2011 empecé, con ayuda de mi psicóloga, un pequeño taller bajo el techo de la Asociación Española Contra el Cáncer. Allí compartíamos el ganchillo con abalorios y también conversaciones, silencios y compañía. 

Ese taller duró hasta la pandemia. 

Hoy sigo tejiendo. A veces sola. A veces con amigas. Y todavía tengo muchas ideas en la cabeza esperando convertirse en collares. 

Marlies

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