Me llamo Santi y tengo 54 años.
Empecé a tejer crochet hace un año.
Y todo empezó por mi hija.
Ella quería hacer una cesta y un día me dijo:
“¿Por qué no aprendes tú?
Se te dan bien esas cosas…
y luego me enseñas”.
Así empezó todo.
Lo que iba a ser una ayuda puntual se convirtió en algo más.
Primero fue la cesta.
Después vinieron otros proyectos.
He hecho faldas, kimonos, cuellos, bolsos, chales…
y muchos diseños y patrones distintos.
Cada proyecto era una forma de seguir aprendiendo.
Con el tiempo descubrí que tejer tenía algo especial.
Al final del día, cuando todo se calma, coger el crochet me ayuda a bajar revoluciones.
La mente se ordena.
El cuerpo se relaja.
Es un estado casi meditativo.
Gracias a eso duermo mejor.
También descubrí otra cosa:
el crochet conecta mucho con la creatividad.
A través de los puntos y los patrones siento que puedo expresar cosas que llevo dentro.
Pero quizá lo que más me sorprendió fue la comunidad.
He descubierto un mundo muy unido.
La mayoría son mujeres generosas que comparten lo que saben sin problema.
Se ayudan entre ellas.
Se enseñan.
Se apoyan.
Me llama mucho la atención esa red de apoyo que se crea entre personas que muchas veces ni siquiera se conocen en persona.
En mi caso me sentí muy bien recibido desde el primer momento.
Ahora mismo estoy pasando por una tendinitis en el pulgar derecho.
Eso no me permite tejer.
Pero sigo vinculado al crochet de otra manera.
Ayudo a otras tejedoras a entender las matemáticas que hay detrás de los patrones.
También colaboro con una asociación local.
Nos reunimos una vez al mes para tejer en compañía y resolver todas esas dudas que aparecen cuando alguien empieza un diseño nuevo.
Porque al final el crochet no es solo lo que uno teje con las manos.
También es lo que se comparte con los demás.
Santiago Juárez Garcia
Instagram: snt.crochet
