Mi relación con el tejido empezó desde muy pequeña, en esos días en que mis padres trabajaban y nos dejaban en casa de mi yaya. Ella me enseñó lo básico del punto. Sin grandes pretensiones, aprendí algo que, sin saberlo, marcaría una parte importante de mi vida.
El verdadero giro llegó en el verano de 2021, cuando me crucé con un taller de ganchillo intergeneracional en mi pueblo, Mutxamel. Era un momento en el que me sentía agotada y perdida con la universidad y buscaba algo que me permitiera desconectar la mente y reconectar con el tejido, algo que me acabó fascinando.
El grupo que encontré allí, formado principalmente por mujeres de la tercera edad, fue todo un descubrimiento. No solo aprendí ganchillo, sino que encontré en ese espacio una comunidad llena de generosidad.
Ese verano tejimos juntas algunos proyectos y, cuando volví a la rutina, seguí vinculada al grupo, pero de otra forma: empecé a ayudarles con el diseño y el patronaje de los proyectos que querían hacer.
Fue entonces cuando empecé a darme cuenta de que mi forma de mirar y pensar, muy ligada a la arquitectura y al diseño, también estaba presente en estos proyectos. A la vez, el ganchillo me inspiraba para realizar las maquetas de arquitectura; era una herramienta muy interesante. Experimentando, descubrí que el ganchillo podía ir mucho más allá del tejido como lo conocemos: encontré proyectos que lo utilizaban a otras escalas, incluso en el espacio urbano y en grandes instalaciones artísticas.
Estas experiencias me llevaron a centrar mi Trabajo de Fin de Grado en la investigación de cómo el ganchillo y otras técnicas de tejido pueden aplicarse en la arquitectura. Mi objetivo era explorar, de la manera más profunda y técnica, el ganchillo para poder verlo más allá del tejido.
Pero, mientras exploraba los aspectos formales, sentía que dejaba fuera algo muy importante que ocurría en el taller: la capacidad del tejido para conectar personas.
Conseguí recuperar aquello tan imprescindible con mi Trabajo de Fin de Máster, un proyecto comunitario en mi propio pueblo, Mutxamel. Volví al grupo que me había enseñado a tejer y empezamos a imaginar juntas una intervención textil para el espacio público de Mutxamel. Un proyecto que hablaba del lugar, de su identidad y de la comunidad que lo habita.
Durante ese proceso pasaron cosas muy bonitas: para algunas personas el taller se convirtió en un refugio en momentos difíciles; otras encontraron un nuevo grupo en el pueblo; muchas descubrieron en el ganchillo una forma de relajarse y compartir tiempo con la comunidad, fortaleciendo los lazos entre distintas generaciones.
Pasé de tejer con unas quince compañeras y estar algo cansada de mis estudios a dirigir un proyecto que conectaba mi pasado y mi presente: un proyecto técnico y, a la vez, sensible; un proyecto en el que la gente se sentía inspirada, quería ayudar y formar parte de esto. Así llegamos a ser más de cien personas colaborando. Recibí un gran respaldo de todas esas personas, generamos algo único. Pero lo más importante para mí fue que una de las personas que vino a los talleres fue mi yaya: pude reconectar con ella, como cuando era una niña.
Cuando terminó el proyecto sentí algo muy claro: esto era lo que quería hacer.
Así nació Arquitectura Tejida, un proyecto con el que llevar esta experiencia a otros municipios y espacios comunitarios, utilizando el tejido como herramienta para crear comunidad, activar espacios públicos y conectar a las personas.
Lucía Ibáñez de la Guía
Instagram: @arquitecturatejida
