Las manos que nunca se rinden

Fran Vilanova era el pequeño de seis hermanos. Cuatro chicas y dos chicos. En una casa llena de voces, carreras por el pasillo y ropa tendida en cualquier rincón, él creció aprendiendo pronto una cosa muy sencilla: cuando una familia es grande, las cosas pasan de unas manos a otras. 

Los jerséis pasaban de hermana a hermana. 
Los juguetes cambiaban de dueño. 
Los libros llegaban ya con las páginas dobladas y algún nombre escrito en la primera hoja. 

Pero Fran nunca se quejó demasiado de aquello. Porque desde muy pequeño había descubierto algo que lo hacía feliz: crear con las manos. 

Mientras otros niños jugaban al balón, él se sentaba en el suelo del patio con plastilina, ramitas o cualquier cosa que encontrara. Trenzaba hierbas como si fueran hilos, hacía pulseras improvisadas y se inventaba pequeños objetos que nadie le había enseñado a hacer. 

Había algo en ese gesto de entrelazar, construir y repetir movimientos con paciencia que lo hacía sentirse tranquilo. 

En casa, además, tenía dos grandes referentes. 

Su madre, una mujer gallega fuerte, de esas que sostienen una casa entera con una mirada firme. Una auténtica matriarca. Se sentaba muchas tardes a tejer tapetes de ganchillo que parecían pequeños encajes de nieve. Y su abuela, una mujer enferma y trabajadora que también sabía calcetar. En aquella casa, el arte de los hilos era algo cotidiano, casi tan natural como hacer café por la mañana. 

Fran observaba fascinado a su madre. 

Un día, siendo aún pequeño, se acercó a ella mientras tejía y le dijo con toda la ilusión del mundo: 

—Mamá, ¿me enseñas? 

Su madre levantó la vista del tapete, lo miró un momento y negó con la cabeza. 

—No. 

Fran no lo entendió. Durante mucho tiempo pensó que era simplemente porque estaba ocupada. 

Pero la verdad era otra. 

Su madre sabía cómo era el mundo. 
Y sabía también cómo podía ser el colegio. 

En una casa donde solo trabajaba el padre y las cosas no siempre eran fáciles, lo último que quería era que su hijo sufriera aún más por ser diferente. 

Porque Fran ya empezaba a ser distinto. 
No corría como los demás, no perseguía, no jugaba a disparar y no hablaba como los demás. 

Y su sensibilidad artística, tan natural en él, podía convertirse fácilmente en motivo de burla. 

Así que su madre, con el amor silencioso de las madres que protegen como pueden, decidió que era mejor que no tejiera. 

Pero hay cosas que uno no puede borrar. 

Fran siguió creando. 

Con diez u once años descubrió el macramé gracias a una amiga que veraneaba en su aldea. Empezó a hacer pulseras con hilos de colores que aprendía a anudar mirando cómo ella lo hacía y después simplemente probando. 

Y cuando llegaron las fiestas del pueblo, tuvo una idea. 

Montó una pequeña bandeja improvisada y empezó a vender sus pulseras. Cada una costaba 150 pesetas. 

No era mucho dinero. Pero para él significaba algo enorme: con ese dinero compraba más hilos. 

Era un círculo perfecto. 
Crear para seguir creando. 

Mientras tanto, el colegio no siempre fue un lugar amable. 

Pero tejer era algo que él podía hacer solo. No era necesario estar con gente. Eso era libertad y alivio. 

Al hacerse adolescente, Fran empezó a entender algo sobre sí mismo que aún no sabía cómo explicar con palabras: era homosexual. 

Y en aquellos años, en aquellos patios de colegio, eso podía convertirse en una diana. 

Llegaron las burlas. 
Los empujones. 
Las risas. 

Incluso un día, el rechazo más doloroso vino de donde menos lo esperaba: su propio hermano. 

Aquello le dolió profundamente. 

Pero cada vez que volvía a casa con los ojos húmedos, su madre lo esperaba con esa firmeza suya que no admitía discusiones. 

—No les hagas caso —le decía—. 
Tu hermano tiene envidia. 
Eres muy creativo. 

Puede que Fran no lo creyera del todo en aquel momento. Pero esas palabras se quedaron dentro de él. 

Fran tejía en soledad, y esa soledad era sanadora. 

El tiempo pasó y no dejó de tejer. 

Creció, estudió técnicas de recuperación física, se interesó por el ayurveda y por formas de entender el cuerpo y la mente. Poco a poco empezó a comprender algo que había sentido desde niño sin saber nombrarlo. 

Tejer calmaba la mente. 

Era una especie de meditación. 
Un movimiento repetido. 
Un hilo que avanza. 
Un pensamiento que se ordena. 

A veces decía, medio en broma, que tejer era el primer mindfulness de la historia. 

Y entonces comprendió también por qué su madre nunca quiso enseñarle. 

No era rechazo. 
Era protección. 

Pero ya era adulto. Y ahora podía decidir por sí mismo. 

Así que un día tomó un ganchillo y lana… y empezó. 

Las primeras bufandas eran muy simples. 
Punto liso. 
Largas. 
De muchos colores. 

Pero cada una llevaba algo especial: libertad. 

La primera bufanda aún la conserva. 

Nunca dejó de tejer. 

Los años siguieron su camino y la vida trajo alegrías y golpes, como siempre hace. 

Durante la pandemia llegó uno de los más duros: su madre falleció de cáncer. 

El silencio de esos días era pesado. Extraño. 

Y entonces Fran volvió a hacer lo que había hecho toda su vida cuando las cosas se volvían difíciles. 

Ocupar las manos. 
Tejer. 
Tejer. 
Tejer. 

Mientras el ganchillo se movía, había una frase que aparecía una y otra vez en su cabeza, como un latido: 

Jamás debes rendirte. 
Jamás debes rendirte. 
Jamás debes rendirte. 

Con el tiempo, el dolor se fue transformando en algo distinto. 

En fuerza. 
En proyecto. 

Fran se casó con su novio, Iván. Juntos decidieron dar forma a un sueño que llevaba años creciendo entre hilos y agujas: crear una empresa. 

La llamaron Madejas Tejerlo. 

En ella, Fran se dedica a lo que siempre ha amado: enseñar, crear, compartir arte. Iván es el motor práctico, el que organiza, empuja y hace que las ideas aterricen. 

Fran, por su parte, nunca dejó de explorar el mundo creativo, pero ninguna de esas cosas le hizo sentir lo mismo que tejer. 

Porque tejer no era solo hacer prendas. 

Era contar historias con hilo. 

Hoy forma parte del gremio de maestros artesanos de artesanía de Galicia. Ha participado en varios desfiles, ha publicado diseños a nivel nacional y, con algo que durante años fue solo un refugio, ha logrado algo que muy pocas personas consiguen: vivir de lo que ama. 

Y hay algo que nunca cambia. 

Vayas donde vayas con Fran, probablemente verás lo mismo. 

Una mochila. 
Y dentro, siempre, algunos ovillos de lana y un ganchillo. 

Porque algunas personas llevan el arte en la cabeza. 
Pero otras, como él, lo llevan en las manos. 

Fran Vilanova 

Instagram: @madejastejerlo 

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