Durante años el tejido fue algo cotidiano en mi vida. Más adelante se convirtió en un sostén.
Durante años el tejido fue algo cotidiano en mi vida. Más adelante se convirtió en un sostén.
Me llamo Emi Samarilla, tengo 32 años y soy mamá de un niño. Vivo en España desde hace ocho años. Soy de Paraguay y toda mi familia sigue viviendo allí.
Aprendí crochet siendo muy pequeña. En mi familia, mi madre, mi tía y mi abuela siempre se han dedicado a hacer trabajos manuales.
En casa siempre hubo hilo, agujas y manos tejedoras. Además del crochet, mi familia se dedicaba a la costura y a distintos tipos de bordado, como el ao po’i y el ñandutí, tejidos tradicionales de Paraguay, propios de nuestra cultura. Son trabajos muy bellos, muy delicados.
Mi mamá me enseñó a hacer crochet desde muy pequeña. Ella tenía mucho trabajo. Bordaba toallas, manteles y otras piezas, y como no siempre tenía tiempo, muchas veces nos pedía a mi hermana y a mí que la ayudáramos. Así fue como tuve mi primer contacto con el crochet.
Con el paso del tiempo dejé de tejer. Me dediqué más al estudio, a otras cosas. Cuando vine a Madrid, hace ocho años, trabajé en distintos ámbitos y ya no volví a dedicarme al crochet como tal.
Luego llegó la pandemia. Fue una etapa difícil para todos. Estábamos encerrados, con mucha incertidumbre, y yo sentía que necesitaba hacer algo. No podía estar sin hacer nada. Empecé a leer, a ocuparme en otras actividades, hasta que en un momento pensé: voy a empezar a tejer otra vez.
Al principio fue una forma de recordar lo que ya sabía hacer. Volví a tejer en toallas, me hice algo de ropa, poco a poco… y descubrí el mundo de los amigurumis. Empecé a tejer, a tejer, a tejer. Casi sin darme cuenta.
Como lo iba mostrando en mi Instagram personal, de repente empezó a escribirme gente preguntándome por precios. Entonces empecé a hacer cálculos, a pensar a cuánto podría vender mis trabajos. Y así fue como empecé a vender.
Claro, vi que de ahí podía sacar algún beneficio, y eso me animó a tejer más. Pero no solo por el dinero, sino por todo lo que el crochet y los amigurumis me ofrecían a nivel personal. La satisfacción, el placer de tejer, de terminar un trabajo, de ver un peluche acabado. Todo lo que me generaba emocionalmente me encantaba.
Con el paso del tiempo seguí tejiendo, a la vez que retomé el trabajo cuando terminó la pandemia. Poco después conocí a la persona que hoy es mi pareja y el padre de mi hijo. Nos conocimos, al poco tiempo me quedé embarazada y nos mudamos juntos.
A medida que avanzaba el embarazo, recibimos una noticia que cambió nuestro mundo. Nuestro hijo venía con gastrosquisis, un defecto en la pared abdominal. La barriguita no se cierra completamente y queda una abertura por la que salen los intestinos.
Para nosotros fue una noticia muy dura. Sabíamos que iba a tener muchas consecuencias. Los médicos nos dijeron muchas cosas, algunas buenas, otras no tanto, pero el pronóstico era incierto. No podían asegurarnos nada.
Mi hijo nació en febrero, con ocho meses de embarazo. Al nacer se quedó ingresado en la UCI neonatal durante un mes y medio. Estuvimos allí con él todo ese tiempo. Yo me enfoqué completamente en mi hijo, mientras mi pareja seguía trabajando. Dejé totalmente de lado el crochet. No había espacio para nada más.
En marzo nos trasladaron a la parte pediátrica. Estuvimos allí durante marzo y abril. Mi hijo tenía un catéter por el que le administraban la nutrición parenteral, pero en un momento ese catéter se desplazó y todo fue a parar al saco pericárdico, el que rodea el corazón. Se llenó tanto que el corazón ya no tuvo espacio para latir.
Mi hijo sufrió una parada cardiorrespiratoria que duró cuarenta minutos.
Yo estaba con él. Era un sábado, 29 de abril, por la mañana. Estaba a su lado cuando empecé a ver que se ponía morado. Fue una desesperación impresionante. Nunca había vivido algo así.
Intentaron reanimarlo de todas las formas posibles. A los veintisiete minutos lo llevaron a la UCI y allí siguieron intentando, una y otra vez. Hasta que, pasados cuarenta minutos, mi hijo volvió a respirar.
Fueron cuarenta minutos de daño cerebral y de daño isquémico. El pronóstico que nos dieron no fue bueno. Nos dijeron que, por el tiempo que había estado en parada, era muy probable que tuviera muchas secuelas, que posiblemente su vida estuviera marcada por un gran sufrimiento.
Durante los trece días que estuvo en la UCI yo volví a tejer. Como no podía cogerlo ni tocarlo, empecé a tejer más. El crochet se convirtió para mí en un escape, en una salvación frente a todo lo que estaba viviendo.
Había un dolor muy grande que sentía como madre y que no siempre podía expresar con palabras. Sí, lloraba, claro, pero el crochet fue una forma de canalizar todo eso. Fue una terapia.
Volvimos a sala, pero mi hijo ya no era el mismo. No enfocaba la mirada, no se reía, no pataleaba. Se quedaba rígido, con brazos y piernas tensos. Todo era diferente.
Estuvimos ingresados desde abril hasta julio. Mi hijo iba evolucionando, pero era mucho trabajo. Muchas terapias, muchos cuidados, mucha exigencia constante. Aun así, para mí el crochet fue un sostén muy importante, junto al apoyo de mi pareja y al amor de madre, ese amor que no se rinde y que nunca abandona.
Mientras mi hijo estaba ingresado, yo tejía. Tejía mucho. Era mi manera de sostenerme.
En julio nos dieron el alta y volvimos a casa, pero los ingresos no terminaron ahí. A partir de ese momento fue un ir y venir constante. Podíamos estar una semana en casa y volver al hospital por cualquier desajuste. A veces ingresábamos un mes entero; otras veces volvíamos a casa quince días y regresábamos de nuevo. Y así, una y otra vez.
El crochet me ha acompañado en todo momento. Voy a las terapias de mi hijo con mi bolsito de crochet. Voy a sus consultas y lo llevo conmigo, porque en cualquier momento puedo sacarlo y tejer. Tejo siempre que puedo, también por las noches.
Ahora, por ejemplo, estamos en casa. Mi hijo se duerme sobre las nueve y media o las diez, y entonces yo me voy al salón a tejer. Puedo estar hasta la una o las dos de la madrugada, y luego me voy a dormir. Y así, día tras día.
Con el tiempo me creé una página donde voy publicando las cositas que hago. Me gustaría poder tejer más, claro, pero estoy orgullosa de lo que puedo hacer en el tiempo del que dispongo. Porque soy mamá el ochenta por ciento de mi vida. El otro veinte por ciento soy mujer, soy tejedora, hago otras cosas manuales. Siempre me gustaron las manualidades.
En el tiempo que puedo, hago una cosa u otra.
Y eso también está bien.
Emilce Amarilla
Instagram: @emilule_crochet

