Hace dos años y medio volví al ganchillo.
Pero la historia empezó mucho antes.
Nací en España.
Y cursé el instituto en Guinea Ecuatorial.
Allí las actividades artesanales formaban parte del día a día.
Había talleres.
Clases domésticas.
Manos que sabían hacer cosas.
Muchas de mis amigas habían aprendido ganchillo de pequeñas.
Cuando yo llegué, algunas lo retomaron.
Yo miraba a mi mejor amiga.
Me fascinaba la naturalidad con la que movía las manos.
Le pedí que me enseñara.
Lo intenté.
De verdad que lo intenté.
Pero no entendía absolutamente nada.
Ni el hilo.
Ni la aguja.
Ni por qué aquello tenía sentido para las demás y no para mí.
Me frustré.
Y lo dejé.
Pero no se fue del todo.
Se quedó como ronroneando en mi cabeza.
Durante años.
Hace dos años y medio volvió.
Yo estaba sin trabajo.
Sin estudiar.
En casa.
Demasiado tiempo para pensar.
Soy una persona impaciente.
Necesito hacer dos cosas a la vez.
Si veo la tele, estoy con el móvil.
Si intento concentrarme, necesito otra cosa que me equilibre.
Dos pantallas.
Y ninguna me calmaba.
Entonces lo pensé:
¿Y si pruebo otra vez?
Empecé a ver vídeos en TikTok.
Tutoriales básicos.
Cómo empezar.
Cómo hacer la cadeneta.
Recuerdo perfectamente el día que salí a comprar el material.
Era el Día de la Comunidad de Madrid.
Estaba todo cerrado.
Todo menos el bazar del barrio.
Entré.
Compré dos ovillos.
Dos ganchillos de tamaños distintos.
Sin saber muy bien cuál necesitaba.
Me fui a casa.
Empecé.
No sabía pasar de la primera cadeneta.
Me cansé.
Lo dejé.
Al día siguiente volví.
Y poco a poco,
sin entender muy bien cómo,
hice un bolso.
De repente.
Y ahí no paré.
Hasta hoy.
Ahora tengo 29 años.
Y sé que el crochet me encontró en el momento justo.
Lo entendí del todo un día concreto.
Se fue la luz en Madrid.
Todo colapsado.
Sin transporte.
Sin coches.
Sin nada.
Yo estaba fuera de casa.
Tenía que ir a trabajar.
Y la ciudad estaba en la oscuridad.
Caminé durante horas.
Cruzando Madrid entera.
Llevaba en el bolso dos ovillos
y una aguja.
Empecé a sentirme mal.
El corazón acelerado.
Nerviosa.
Como si algo me estuviera superando.
Nunca me había dado un ataque de ansiedad,
pero ese día sentí que podía pasar.
Saqué los ovillos.
Y me puse a tejer mientras caminaba.
Seguía andando,
mirando la brújula del móvil para orientarme,
pero con las manos ocupadas.
Y algo cambió.
El hilo me acompañó.
Desde entonces sé que el crochet,
o cualquier cosa que te obligue a ir más despacio,
puede ser una manera de sobrevivir a la velocidad en la que vivimos.
Doris Masie
Instagram – Tiktok: @loopsbydoris
