Empecé a tejer con 11 años.
En Cuba.
Una señora que cuidaba a su hermana siempre estaba tejiendo.
Yo la miraba.
Un día me senté a su lado.
Y me enseñó crochet.
Poco después, otra señora mayor me enseñó las dos agujas.
Todavía conservo cosas que hice con 11 años.
Piezas llenas de orgullo.
En Cuba trabajé como enfermera.
Los turnos eran largos.
El sueldo no alcanzaba.
Así que empecé a tejer botitas de bebé.
Las vendía.
Era un ingreso extra.
Luego paré un tiempo.
La vida.
El cansancio.
Las prioridades.
Volví cuando nació mi niña.
Ahí el tejido regresó a mí.
Y en la pandemia algo cambió.
Empecé a tejer con intensidad.
Con obsesión casi.
Hoy digo, medio en broma, medio en serio, que tengo adicción al tejido.
Llevo hilo a todas partes.
Tejo en cualquier sitio.
Pero no tejo solo con lana.
Tejo con chapas de latas.
Lo más grande que me pueden regalar no es joyería.
Es un montón de chapas.
Quienes me conocen ya lo saben.
Las guardan.
Las recogen para mí.
Yo las transformo.
Al principio eran pequeñas piezas.
Luego bolsos.
Después obras más grandes.
Un día recibí un pedido de una firma famosa de Dinamarca.
Hecho con chapas.
Yo ya vivía aquí.
Ese encargo fue una señal.
Una motivación enorme.
Después vinieron exposiciones.
Crochet con chapas de latas.
Reciclaje convertido en arte.
Ahora estoy trabajando incluso con latas enteras.
Uso mis propias creaciones.
Las visto.
Las camino.
Estoy construyendo mi colección.
Que llevaré a Milano Golden Fashion.
El crochet me dio independencia cuando era enfermera en Cuba.
Me dio refugio cuando fui madre.
Me dio fuerza en la pandemia.
Y hoy me da identidad.
Yo no solo tejo.
Transformo lo que otros tiran.
Y lo convierto en algo que quiere quedarse.
Nurima Ralph Licorish
TikTok: @cubasoy.crochet

