Empecé de pequeña.
Veía a mi madre tejer y un día le pregunté cómo lo hacía.
Me enseñó la cadeneta.
Y con eso empezó todo.
Durante años lo hacía a ratos.
De vez en cuando.
Sin mucha constancia.
A medida que fui creciendo, lo retomaba en momentos puntuales.
Aprendía puntos nuevos por mi cuenta.
Probaba.
Deshacía.
Volvía a empezar.
Hasta que llegó el estrés.
Luego más estrés.
Después la ansiedad.
Y todo eso terminó en una depresión.
Estuve de baja un año y medio.
Ahí volví a mi amado ganchillo.
No como entretenimiento, sino como necesidad.
Me di cuenta de que me tranquilizaba.
Que mientras mis manos trabajaban, mi mente descansaba.
Que el ruido interior bajaba.
En esa etapa empecé a hacer voluntariado con personas con discapacidad.
Cada vez que iba, les llevaba algo tejido por mí:
carteritas, monederos, pequeños detalles hechos con cariño.
Ellos me daban abrazos llenos de ilusión.
Y esos abrazos me reconfortaban el corazón.
Al siguiente voluntariado yo ya iba con los regalos en la maleta.
Pero hacía como que no llevaba nada.
Venían a escondidas y me preguntaban.
Yo les decía:
—Este año no os he traído nada.
Y se les ponía una carita…
El último día, cuando se los entregaba, venían uno a uno a abrazarme.
Y luego un abrazo grupal.
Ahí entendí algo muy claro:
soy feliz regalando mi artesanía a quien la necesita.
En invierno tejo bufandas y las ato a los árboles.
Les pongo un papelito que dice:
“Cógeme si me necesitas. Es para ti.”
Hoy soy sanitaria.
Y a mis abuelitos y abuelitas también les regalo cositas hechas a ganchillo.
Mientras tejo, el estrés se va.
La ansiedad se suaviza.
Y vuelvo a estar tranquila conmigo misma.
El ganchillo no cambió mi vida de golpe.
Pero me dio un lugar donde descansar.
Y eso, para mí, lo es todo.
Pilar

