Me llamo Cielo.
Tengo 48 años.
Soy colombiana y vivo en España desde hace veinte.
Tengo una hija de 14 años.
Aprendí crochet en el colegio, en quinto de primaria.
Era una asignatura más.
No imaginaba entonces que años después ese aprendizaje sencillo me iba a sostener en uno de los momentos más importantes de mi vida.
Cuando nació Laura me despidieron del trabajo.
Estábamos en un país que no era el nuestro.
Sin red familiar cerca.
La maternidad se sentía hermosa, pero también abrumadora.
Con el apoyo de mi pareja decidí quedarme en casa y ser una madre presente.
Y por las noches, cuando la bebé dormía, yo tejía.
Empecé con bolsos de trapillo.
Los hacía despacio, en silencio.
Luego los ofrecía a mi entorno.
Tejer era una forma de estar con mi hija y, al mismo tiempo, sentirme activa.
No perderme.
No quedarme solo en el miedo o en la incertidumbre.
Durante la pandemia descubrí el mundo de los amigurumis.
Aprendí sola, viendo vídeos.
Poco a poco me fui enganchando a la técnica.
A los detalles.
A los pequeños personajes que iban saliendo de mis manos.
Abrí una cuenta en Instagram para compartir lo que hacía.
Para mostrar mis tejidos.
Para conectar con otras personas.
El crochet se convirtió en mi viaje de escape.
Pero no en un escape para huir, sino para respirar.
Gracias a él he podido disfrutar la infancia de mi hija.
He participado en mercadillos artesanales.
Desde hace dos años formo parte del mercadillo navideño de El Escorial, en Madrid, un pueblo precioso cerca de donde vivimos.
En Navidad hago belenes tejidos.
Y lo más bonito no es vender.
Es que Laura me acompaña siempre.
Tejer, para mí, no es solo una vía de escape.
Es inspiración.
Es diseño.
Es hilos, colores, ideas que toman forma.
Es también la prueba de que, incluso lejos de casa, una puede construir algo propio.
Con paciencia.
Con constancia.
Con amor.
Cielo
Instagram: @cielocreaconamor

