Yo solo quería hacer lo que hacía mi madre.
Tejo crochet y también dos agujas.
Aunque, si soy sincera, siempre me gustaron más las dos agujas.
Pero mi cuerpo decidió otra cosa.
Las lesiones en las manos empezaron a aparecer.
La muñeca, los dedos…
Coser con dos agujas me hacía mucho más daño.
Me costaba muchísimo más.
Y casi sin darme cuenta, el crochet se quedó conmigo.
Empecé por mi madre.
Yo tendría siete u ocho años.
Ella siempre estaba tejiendo. Siempre.
Mi madre en el sofá, la labor sobre las piernas.
El sonido rítmico de las agujas chocando entre sí era la banda sonora de mi infancia.
Un sonido que hoy todavía me calma.
Un día le dije:
—Mamá, yo quiero hacerlo como tú.
Y me respondió lo típico:
—Empieza por la cadeneta.
Ahí estaba yo, concentradísima, intentando que cada punto saliera perfecto.
Contaba.
Miraba.
Apretaba los labios.
Cuando la tenía larguísima, me levantaba orgullosa y corría a enseñársela.
—¡Mamá!
Ella la miraba, sonreía y decía:
—Ah, qué bonita. Vuelve a empezar.
Y entonces, sin dudarlo, me la deshacía.
A pesar de lo que me había costado.
A pesar de mi esfuerzo.
Y yo me quedaba mirando cómo desaparecía, punto por punto.
Quizá por aquel pequeño “trauma” infantil ahora no me gusta deshacer.
Me cuesta muchísimo.
Cuando hago algo, quiero que avance.
Que se quede.
Que exista.
Yo no quería hacer cadenetas eternas.
Yo quería hacer lo que ella estaba haciendo…
Estaba tejiendo la puntilla para unas toallas.
En vez de decirme que no, me dio el patrón.
Creo que lo hizo para que yo misma viera lo difícil que era.
Para que entendiera que aquello no era solo querer… era saber.
Y me puse con ello.
Seria.
Concentrada.
Empeñada.
Mientras ella me miraba desde el sofá, entre sorprendida y orgullosa.
Hoy esas toallas siguen en mi baño.
Y cada vez que las miro,
recuerdo que todo empezó el día que me atreví
con algo que me quedaba grande.
Crecí viendo a mi madre tejer.
Yo era la típica niña que llevaba la camisetita de ganchillo, las zapatitas de ganchillo…
todo hecho por ella.
Y sin darme cuenta, siempre he estado creando.
Cuando me quedé embarazada de mi hijo mayor, fue un embarazo de riesgo y tuve que estar mucho tiempo en reposo.
Para mantenerme ocupada y transmitirle todo mi cariño, me puse a tejer jersecillos para el bebé.
Cada punto era como un recuerdo que quería dejarle,
un gesto de amor hecho lana.
Hasta que empezaron las lesiones en la muñeca,
y a mi hijo pequeño solo pude hacerle una manta a punto de cruz.
Un día descubrí que con el ganchillo no me dolían las manos
y se podían hacer muñecos para mis hijos.
Intenté hacer uno.
Me salió fatal.
Horroroso.
No se parecía a nada.
Aun así, seguí.
Poquito a poco le fui cogiendo el gusto.
El movimiento es distinto.
El ritmo también.
Y mis manos lo agradecían.
En ese tiempo mi madre enfermó de Alzheimer.
Se puso muy malita.
Pasábamos muchísimo tiempo en el hospital.
Entre pasillos y salas de espera, el ganchillo empezó a tener otro sentido.
Tejer era hacer algo cuando no podía hacer nada más.
Era mantener las manos ocupadas mientras intentaba sostener lo que estaba pasando.
Descubrí que, para mí, era una forma de estar aquí.
En el ahora.
Punto tras punto.
Lo necesitaba para serenarme.
En los últimos años, cuando mi madre ya estaba muy enferma, casi ni hablaba.
Las palabras apenas salían.
Pero sus manos…
sus manos todavía sabían tejer.
Y allí estaba mi padre a su lado, desenrollando ovillos, siguiendo sus movimientos, ayudándola sin decir nada.
Ella creaba en silencio.
Él la acompañaba en cada gesto.
Era su forma de comunicarse.
Sin palabras, pero con todo el amor del mundo.
Cada punto, cada vuelta de lana, cada ovillo deshecho o listo para usar…
era una conversación silenciosa que los mantenía unidos.
La enfermedad fue muy larga.
Y luego, al año siguiente, falleció mi padre.
Perdí a los dos.
Hay momentos en los que todo se mueve demasiado rápido.
Y el crochet, para mí, es eso que hace que el mundo se pare un poquito…
y vuelva a colocarse.
Necesito tejer.
Lo necesito para que el ruido baje.
Empecé haciendo pequeñas cosas para amigos y conocidos.
Y un día, en una tienda, me atreví a decir:
—¿Tú venderías esto aquí?
Fue un paso tímido, pero marcó el comienzo de algo nuevo.
Descubrí que a la gente le gustaba lo que hacía.
Empecé a dejar en su tienda algunas cosas.
Sin grandes planes.
Luego llegó TikTok.
Luego mi primera feria.
No me dedico a esto.
Tengo mi profesión.
Soy maestra de Educación Especial, PT.
Pero mi vida sigue unida a las lesiones, las manos, y ahora las rodillas.
Y el crochet me está salvando otra vez.
Me devuelve la ilusión.
He llevado el ganchillo a las aulas.
Pensé: si el ganchillo me ha dado paz, ¿por qué no compartirlo con mis alumnos?
Siempre empiezo igual, con la cadeneta.
—Mira, ya tienes una pulsera.
Es un gesto pequeño.
Pero abre una puerta a la creación
y a la seguridad en ellos mismos.
También en clase, cuando se portaban bien, me traían su ovillo.
—Yo quiero un osito.
—Yo quiero un no sé qué.
Y yo se lo hacía.
Como recuerdo de la clase.
Para ellos era especial.
Y para mí también.
También he dado clases en una asociación de mujeres, mostrando que lo tradicional puede transformarse:
un tapete puede convertirse en un atrapasueños.
Y enseño a mis hijos a tejer, manteniendo viva la tradición y la esencia de mi madre.
Porque al final, más que enseñar ganchillo, lo que estoy transmitiendo es otra forma de estar:
paciencia,
cuidado
y amor en cada punto.
Y todo empezó el día que yo solo quería hacer lo que hacía mi madre.
Rosa Badillo
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Tiktok: @hiloalaluna0

