Cuando tenía aproximadamente doce años, en el colegio intentaron introducir una actividad extracurricular que, en aquel momento, resultaba bastante novedosa para algunos de nosotros: el crochet. La idea era que una profesora impartiera este taller cada semana, y esa profesora iba a ser mi tía. Como siempre he tenido con ella una relación muy cercana —entonces y ahora— y, además, al no tener hijas, veía en mí una oportunidad de compartir algo especial. Decidí que una buena manera de apoyarla era convirtiéndome en su alumna.
Recuerdo todavía que las clases se celebraban los miércoles, de cinco a seis de la tarde, y que el grupo de asistentes no era precisamente numeroso. Éramos pocas “mujeres”, como se decía entonces.
Hay que situarse en el contexto de la época: hablo quizá de 1983, o alrededor de ese año. En aquel entonces, la separación entre lo que se consideraba “cosa de chicos” y “cosa de chicas” estaba muy marcada. Cada actividad parecía tener un género asignado, y cruzar esos límites no siempre resultaba sencillo ni bien visto. Yo, sin embargo, siempre me había sentido más cómoda rodeada de chicos. Mis primos de la misma edad eran varones y también tenía un hermano, así que desde pequeña crecí incorporándome con naturalidad a juegos y actividades que, según las ideas de ese momento, correspondían al mundo masculino. De algún modo, el crochet representó para mí un pequeño proceso de “feminización”, una suerte de acercamiento a ese universo de labores tradicionalmente femeninas que hasta entonces me era ajeno.
Así comenzó todo. Siempre he sido una persona profundamente curiosa, y esa primera toma de contacto despertó en mí un interés duradero. Desde entonces y hasta hoy, me he dedicado a aprender y a realizar cualquier cosa que captara mi atención. Cuando digo “cualquier cosa”, lo digo literalmente: tanto labores consideradas “varoniles” como aquellas catalogadas como “femeninas”. No sigo un patrón ni un propósito utilitario; lo hago por temporadas, por impulsos creativos, sin otra finalidad que el simple acto de crear.
Para mí, dar forma a algo desde cero es uno de los retos más estimulantes que existen, y también una de las mayores fuentes de satisfacción. Poder observar cómo una idea se convierte en un objeto real gracias a mis manos, y comprobar que soy capaz de hacerlo —y hacerlo bien—, es algo que me llena profundamente.
¿Qué me aporta el crochet, o cualquier otra labor manual? Es difícil explicarlo del todo, pero intentaré describirlo. Sentir cómo el hilo se desliza entre los dedos, con esa fluidez que solo llega después de un poco de práctica, produce una sensación casi meditativa. Ver cómo la creación va tomando forma, punto a punto, genera calma, serenidad, una especie de acompañamiento perfecto para una sesión de música, una película o incluso una clase que escucho mientras tejo.
Y existe, además, un componente de magia: una vez que aprendes, es algo que nunca olvidas, como montar en bicicleta. Con el tiempo y la repetición, adquieres maestría; y con la maestría, llega un deseo natural de perfeccionar cada vez más tus piezas. Ese perfeccionamiento te proporciona una satisfacción que, a su vez, te impulsa a comenzar algo nuevo, a plantearte otro reto, a emprender otra creación.
Cualquier labor realizada con las propias manos se convierte, para mí, en un enriquecimiento personal en todos los sentidos. En el caso del crochet, incluso puede llegar a tener una utilidad práctica más allá de la ornamentación: prendas, regalos, soluciones improvisadas… las posibilidades son muchas.
¿Por qué animaría a cualquier persona a engancharse a esta actividad —o a cualquier otra labor manual—? Simplemente porque se convierte en una manera de desconectarse del ritmo diario, un espacio íntimo que te transporta a una nube de tranquilidad y observación. En mi caso, me permite pensar “en blanco”, hacer silencio interno, despejar la mente. Y ese estado, tan sencillo y a la vez tan difícil de lograr en la vida cotidiana, es un regalo en sí mismo.
María
