Cuando le preguntaron cuál era su juego, no supo qué responder.
Pensó en su infancia.
Y no encontró ningún juego.
Su manera de estar en el mundo era otra:
molestar lo menos posible,
no añadir más conflicto a una casa donde ya había demasiado.
Aprendió antes a sostener que a jugar.
Creció entre violencia, ausencias y adicciones.
Era hija de una madre adolescente y de un hombre violento 15 años mayor.
Durante años, vivir fue eso.
Sostener.
No romperse.
Los primeros momentos de calma llegaron a través de las manos.
Una abuela que casi no conoció le enseñó crochet.
Tejer era otra cosa.
Era silencio.
Era orden.
Era una forma de respirar.
También escribía.
Desde los siete años llenaba cuadernos.
La palabra se convirtió en refugio.
A los once años, su madre se fue
y la dejó a ella y a sus hermanas de 5 y 9 años
con un padre que no sabia de cuidados.
Ella ocupó ese lugar
A sus dieciséis años su hermana de 15, luego de años de convivir con la violencia, se quitó la vida.
Su hermana era el centro de su mundo.
El dolor fue tan grande que dejó de estudiar.
Se aisló.
Se rompieron vínculos.
Ahí apareció el yoga.
Y junto a la escritura y el hacer con las manos, encontró algo parecido al aire.
Con el tiempo reconstruyó una vida.
Terminó sus estudios.
Se enamoró.
Tuvo un hijo.
Y empezó a mirar el mundo a través de una cámara.
La fotografía le dio un lugar.
Un lenguaje.
Una forma de seguir contando sin decirlo todo.
Pero la vida volvió a quebrarse.
Su pareja enfermó.
Un tumor.
Seis meses de vida.
Dejó todo.
Se volcó en cuidar.
En sostener.
En intentar que no se derrumbara todo.
Que su hijo no sufriera lo que tuvo que sufrir a sus 8 años.
Su compañero murió con 31 años.
Otra vez duelo y solo 29 años
Esta vez no podía romperse
Había un hijo al que cuidar.
Y un dolor que no cabía en ningún sitio.
Entonces apareció el agua.
Debajo del agua no se podía llorar.
O sí, pero de otra forma.
Empezó a fotografiarse sumergida.
Primero sola.
Después con su hijo.
No importaban las imágenes.
Importaba lo que pasaba allí.
A ese proceso lo llamó Proyecto Amniótico.
Un intento de volver a nacer.
De maternar(se).
De atravesar el duelo sin palabras.
Con el tiempo, volvió a crear.
A escribir.
A compartir.
Pero algo seguía presente en todo lo que hacía:
la necesidad del otro.
Sus proyectos siempre acababan siendo compartidos.
Abiertos.
Intervenidos.
Como si el arte, para ella, solo tuviera sentido cuando alguien más entraba.
Años después, ya profesora de yoga, donde conoció otra vez el amor, f
ueron juntos a vivir a la naturaleza
y llegó otro impulso.
Un recuerdo:
un gusano de seda que su madre no supo acompañarla a cuidar.
Ese cuidado que su madre no había sabido darle
Así nació Proyecto Seda.
Compró algunos huevos.
Que terminaron siendo 1300 gusanos.
Los cuidó.
Los observó durante todo su ciclo.
Y decidió hacer algo distinto:
no romper ese ciclo.
Aprendió a trabajar la seda sin matar al gusano.
A esperar.
Aprendió a hilar
Todo de forma intuitiva, autodidacta
Mientras tejía esa seda, supo que estaba embarazada y entendió algo.
No estaba haciendo solo un tejido.
Esta vez sí podía cuidar el proceso entero.
Donde antes hubo ruptura, ahora había cuidado.
Nació su hija que lleva el nombre de la seda
La migración.
El trabajo.
La vida.
Y el proyecto quedó inacabado.
Pero no perdido.
Hoy su juego es otro.
Acompaña a otras personas en sus procesos.
Crea espacios donde se puede parar.
Donde se puede ordenar lo vivido.
Donde tejer no es solo hacer.
Es entender, es cuidar, es crear tramas,
lazos y redes que nos recuerden que no estamos solas,
que de la violencia se sale, q
ue del dolor también se puede resurgir
y encontrar la aguja que nos devuelva la posibilidad
de seguir bordando con amor la vida
Talía
Instagram: @sama_daya




