Entre latidos y puntadas

Crochet. 

Así lo conoce mucha gente en el mundo. 

Yo siempre lo llamé ganchillo. 

Es la palabra que escuchaba de niña. 

La recuerdo en las manos de mi abuela Remedios. 

Un hilo muy fino. 
Un ganchillo pequeño. 
Y sus manos moviéndose con una calma que parecía infinita. 

También lo vi en otras mujeres de mi infancia. 

En los veranos en el campo. 
En las tardes largas y calurosas. 

Entre conversaciones, risas y silencio. 

Allí estaban el ganchillo, el punto, el bordado y los encajes de bolillos. 

Todas intentaban enseñarme. 

Pero la verdad es que entonces no me interesaba demasiado. 

Lo intenté alguna vez. 
Pero no funcionó. 

Y lo dejé pasar. 

Con los años, sin embargo, hay algo que siempre me ha llamado la atención cuando miro atrás. 

Ninguna de aquellas mujeres parecía tener estrés. 
Ni ansiedad. 
Ni insomnio. 

Al menos, yo no lo recuerdo así. 

Hoy lo entiendo mejor. 

Porque ahora sé que tejer tiene algo especial. 

Tengo 56 años. 

Hace unos diez años que el ganchillo volvió a mi vida. 

Soy enferma cardíaca desde 2003. 

Con el tiempo la enfermedad fue evolucionando y hace cinco años me implantaron un DAI. 

Como tantas personas, he tenido mis propias batallas. 

El crochet no soluciona mis problemas. 

Pero cuando tejo, algo cambia. 

Mi mente se calma. 
Los pensamientos se ordenan. 
El ruido exterior baja. 

Me concentro. 

Respiro. 

Y todo se vuelve un poco más tranquilo. 

Además, gracias al ganchillo he encontrado algo que no esperaba. 

Una comunidad preciosa. 

Personas generosas. 
Cercanas. 
Que comparten lo que saben. 

Yo no me dedico a esto. 

Soy contable. 

El crochet es simplemente un hobby. 

Pero es un hobby que me relaja. 
Que me inspira. 
Que me divierte. 

Tejo prendas para mí. 

Aunque lo que más me gusta es tejer para las personas que quiero. 

Cuando regalo algo tejido, siento que también estoy regalando tiempo. 

Un pedacito de mí. 

Y eso me hace inmensamente feliz. 

Sonia Rico López 

Instagram: @miganchillo

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