Durante algunos años, mi vida era un torbellino de responsabilidades. Cada día contemplaba el amanecer y el anochecer desde la ventanilla del asiento de un tren. Trabajaba en un municipio a las afueras de Madrid. Siempre viajaba con el estrés de una gestión escolar dentro de una maleta.
Una llamada inesperada cambió mi rumbo y mi suerte. Era la fundadora de un colegio británico muy cerca de mi casa. Un colegio donde había colaborado años atrás como acompañante de sus alumnos en el Camino de Santiago. Doña Margaret me ofreció formar parte de su equipo docente con la condición de estar dispuesta a todo… y por supuesto dije: “sí”. Mi vida dejó de medirse en kilómetros para medirse en momentos.
Esta mujer cambió mi vida. Me contrató por teléfono y nunca durante ocho años nos hemos visto presencialmente. Dirigía el colegio desde su casa porque era muy mayor. Frecuentemente hablábamos por teléfono en “spanglish” ya que ninguna de las dos dominaba el otro idioma a la perfección; nos reíamos mucho. Me contó como venía de una familia humilde en Reino Unido y como su padre se hizo rico al encontrar un yacimiento de petróleo en el mar.
El colegio parecía una casa de muñecas, muy pequeño y familiar. Doña Margaret era una apasionada del punto y el crochet. De las aulas y comedor de infantil colgaban sus muñecos súper originales y graciosos. Estaban llenos de vida y color. Se notaba el cariño y el mimo de Margaret en cada detalle. No pasaban desapercibidos. Cada vez que me tocaba cuidar el comedor no me resistía a sonreírlos y tocarlos impulsivamente. Tenían vida propia.
Lamentablemente el colegio entró en quiebra y Margaret se vio obligada a venderlo. El nuevo dueño cambió el estilo clásico y acogedor del colegio por una decoración más moderna y formal. Los muñecos de punto y croché terminaron apilados en un contenedor de obra frío y metálico. Bajo carpetas, libros y cuadros, asomaban brazos de colores y sonrisas de hilo rojo. Se me partió el alma. Se había tirado la historia del colegio a la basura.
Quise quedarme con algún recuerdo de Doña Margaret en agradecimiento por haber apostado por mí y darme una vida de calidad. Ahí empezó el rescate clandestino de sus muñecos. Me quedaba hasta muy tarde con la excusa de preparar las clases de la semana; cuando ya se había ido la mayor parte del personal…seleccionaba los muñecos menos perjudicados para ponerlos a salvo. Iba con la adrenalina de no ser vista, como si estuviera cometiendo un delito. Temía la incomprensión y los comentarios que pudieran surgir si me pillaban llevándome los muñecos a casa.
Doña Margaret no sabe que los tengo. Hace tiempo que dejó de llamar. Está pasando por un proceso de deterioro cognitivo propio de la edad. Me he llevado en ellos su alma, su cariño, su dedicación y su generosidad.
Margaret…imagino tu cara de felicidad si supieras que tengo en mi casa muchos de tus niños de punto y crochet. Te doy las gracias por haber confiado en mí. Te quiero mucho.
Lola Oñoro
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