Mamá Chata: homenaje a una tejedora y al hilo que sigue vivo

Un homenaje a Mamá Chata, tejedora y transmisora del oficio

Aurelia González Rábago nació en 1903, en Aguascalientes, México.
En su casa, el tejido no era un hobby ni una afición.
Era parte de la vida cotidiana.
Una forma de trabajar, de sostenerse y de entender el mundo.

Aurelia creció rodeada de lana, de telares y de manos que sabían hacer.
Con el tiempo, junto a su esposo, Inocencio Herrera, levantó un taller de sarapes.
Él era maestro tejedor.
Ella estaba en todo lo demás.

En la familia la llamaban Mamá Chata.
Y no era una figura secundaria ni silenciosa.
Estaba pendiente de las personas que trabajaban allí, de cómo aprendían los nuevos tejedores y, sobre todo, del teñido de la lana.
Sabía que un color mal cuidado arruina todo lo demás.

Mamá Chata miraba.
Supervisaba.
Cuidaba los procesos.
No hacía falta que levantara la voz.
Su presencia bastaba para que las cosas se hicieran bien.

Pero su legado más profundo no se quedó en el taller.

Por las noches, cuando sus nietas eran pequeñas, iba a verlas.
Llegaba tranquila, después de la jornada.
Y decía una frase sencilla:
“A ver, enséñenme qué han hecho.”

Las cinco hermanas —todas tejedoras— le mostraban sus trabajos.
Ella los miraba con atención y respondía siempre parecido:
“Qué cosa tan hermosa. Qué lindas. Qué trabajadoras. Estoy muy orgullosa de ustedes.”

No corregía desde la dureza.
No imponía.
Reconocía.

Y ese gesto, tan simple, fue una enseñanza enorme.
Decirle a una niña que su trabajo está bien hecho es sembrar confianza.
Es darle permiso para seguir creando.
Para tomarse en serio lo que hace con las manos.

El oficio pasó de generación en generación.
Primero a los hijos.
Después a las hijas.
Cinco mujeres unidas por la sangre y por el hilo.
Todas tejedoras.

En esta familia, tejer nunca fue visto como algo menor.
Fue una forma digna de vivir.
Del telar, del gancho, de las dos agujas y de la lana salió sustento, pero también calma y sentido.

Tejer era pensar.
Ordenar por dentro mientras las manos trabajaban.

Hoy, hablar de Mamá Chata no es hablar solo del pasado.
Es hablar de un hilo que sigue vivo.
De una mujer que cuidó el oficio sin hacer ruido.
Y de una forma de enseñar basada en la mirada, el tiempo y el reconocimiento.

Cada pieza tejida en esta familia guarda algo de ella.
Un gesto.
Una palabra.
Una forma de estar.

Y eso también es comunidad.
Aunque no siempre tenga nombre.

María Herrera, nieta de Mamá Chata 

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