Me llamo Tere.
Nací en Francia, pero siendo muy pequeña me trajeron a España.
Me crié con mi abuela y mi tía.
Empecé con el ganchillo cuando era muy jovencica.
Entonces no era una elección.
Era lo que tocaba: aprender a tejer, bordar, coser… y después, a misa.
Las labores como obligación.
Cosas “propias de mujeres”.
Mi inicio con el crochet no fue bonito.
Tenía que ir a casa de un familiar lejano a aprender.
Recuerdo aquel lugar oscuro, triste, alrededor de una mesa camilla.
Iba obligada.
Me compraban hilos para hacer cosas que no me motivaban nada.
No disfrutaba.
Con el tiempo crecí y me aparté del ganchillo durante muchos años.
Aún conservo un mantel a medio hacer de hace casi cuarenta años.
Ahí quedó.
Me casé, tuve a mi hija y a mi hijo.
Hice alguna cosica de vez en cuando, pero poco.
Fue tras la muerte de mi padre cuando volví al ganchillo con más constancia.
Mis hijos ya eran más mayores y yo tenía algo más de tiempo.
Tejer me ayudó a atravesar su pérdida.
Años después, llegó otra pérdida inesperada, la de mi hermano.
Entre medias empecé con los amigurumis.
Tejía para regalar.
Me relajaba.
Me hacía sentir bien.
Hasta que alguien me habló de los mercadillos y las ferias artesanales.
Y allá que me lancé.
El crochet, junto a otras artesanías, como el bolillo, la costura y distintas manualidades, me ha acompañado en momentos muy difíciles.
También durante mi ruptura matrimonial.
En pleno divorcio y en plena pandemia me fui a trabajar a Ibiza.
Era la primera vez que trabajaba en un hospital.
Fue muy duro.
Físicamente agotador, pero emocionalmente todavía más.
Casi todos los días, cuando el cansancio me lo permitía, me iba a las rocas o a la orilla del mar a tejer.
Ese fue mi refugio.
El ganchillo.
Lejos de casa.
Lejos de mis hijos.
Sin mucho más…
aunque después llegaron amistades muy bonitas.
Hoy, con la muerte de mi hermano, no paro de tejer.
Hago cosicas una tras otra.
Me evado.
Me reconforta.
Me da tranquilidad.
Las horas se me pasan volando.
A veces se me hace tarde para todo.
Alguna vez hasta se me ha pegado la comida por “culpa” del ganchillo.
Pero cuando estoy ahí, contando puntos, probando nuevas versiones,
todo lo demás se difumina.
Y me doy cuenta de algo.
Lo que empezó como una obligación en un entorno gris, sin alegría y sin elección, dio un giro completo.
Aquello impuesto se convirtió en refugio.
Primero en el duelo por mi padre.
Ahora en el de mi hermano.
En medio del caos, de los cambios, de lo que se deshacía por dentro,
yo seguí construyendo por fuera.
No sé muy bien de dónde salía esa fuerza silenciosa,
pero ahí estaba.
El ganchillo fue mi ancla en la soledad de Ibiza.
En pandemia.
En un trabajo durísimo.
Lejos de mis hijos.
Hay quien dice que tejer es huir.
Yo no lo veo así.
Para mí es decirle a la vida:
me duele, pero sigo siendo capaz de hacer cosas bonitas.
El ganchillo no es solo una afición.
Es terapia.
Es meditación.
Es memoria.
Es amor convertido en objeto.
Por eso digo que cada pieza está hecha con amor.
Al final, lo que fue una obligación impuesta a una niña,
se transformó en una elección consciente de una mujer
que ha atravesado pérdidas, cambios y soledades,
y que ha sabido tejer su propia red
para no caer
y no romperse.
Tere
Instagram: @caprichosdepunto
