Tejiendo Puentes por la Vida

Me llamo Ximena Lutz Pineda.
Tengo 56 años.

Soy médica de familia y trabajo en un Centro de Salud Mental Comunitario en Temuco, Chile.

También soy artista plástica autodidacta.

Desde niña siempre estuve creando cosas.

Recuerdo coser muñecas de trapo con la máquina a pedal de mi abuela cuando tenía seis años.
Pintar, dibujar, recortar o construir con cualquier material era parte natural de mis días.

El crochet también estaba en casa.

Había revistas llenas de tapetes tejidos.
Nunca entendí las instrucciones escritas, pero sí los gráficos.

Aprendí a leerlos muy pequeña.
Y eso me abrió la puerta a un mundo hermoso.

Durante muchos años dejé de tejer.

La vida siguió su curso.

Hasta que en agosto del año pasado, durante un viaje desde Santiago hacia el sur, apareció una idea inesperada.

Pensé en crear una obra colectiva que representara el papel de la comunidad en la prevención del suicidio.

Una obra hecha con miles de flores amarillas.

El amarillo es el color internacional de la prevención del suicidio.

Ahí empezó todo.

Hablé primero con mi amigo Gabriel.
Necesitaba ayuda para diseñar la estructura de la obra.

Le mostré mis primeros bocetos.

Él los miró y me dijo con total franqueza:

—¿Qué te pasó para tener una idea tan fea?

Nos reímos mucho recordando ese momento.

Después vino a mi casa y empezamos a imaginar el proyecto juntos.

La idea inicial era sencilla:
una obra de tres metros de ancho por doce de largo formada por miles de flores amarillas.

Luego llamé a mi amiga Laura.

Nos conocimos durante la pandemia, cuando participábamos en una agrupación que llevaba alimentos y carbón a familias de campamentos.

Cuando le conté el proyecto me respondió sin dudar:

—Vamos.

Laura tiene un talento especial para conectar personas.
Gracias a ella el proyecto empezó a crecer.

Al principio todo fue muy simple.

Pegamos carteles en el centro de salud invitando a pacientes, familiares y vecinos a tejer flores amarillas.

Después lo compartimos en clubes de adultos mayores.

Y el boca a boca hizo el resto.

Las flores empezaron a llegar.

Primero desde Temuco.
Luego desde otras ciudades de Chile.
Y hace poco recibimos también las primeras desde Argentina.

En ese momento entendí algo importante.

El proyecto ya no era solo mío.

La comunidad lo había hecho suyo.

Ahí apareció un concepto que al principio me costó aceptar:
el colectivo social.

Yo soy una persona organizada, metódica, incluso perfeccionista.
La idea de que un proyecto tan importante para mí quedara fuera de mi control me inquietaba.

Pero estaba equivocada.

En el colectivo Tejiendo Puentes dejamos fuera los títulos y los roles.

Aquí no hay médicos ni pacientes.
Ni jefes ni subordinados.

Somos simplemente personas que se encuentran para crear.

La estructura es horizontal.
Cada persona aporta lo que sabe hacer.

Las decisiones nacen muchas veces mientras tejemos.

Alguien dice:
“¿Y si probamos hacerlo de otra manera?”

Y el proyecto vuelve a crecer.

La obra se convirtió en algo mucho más grande de lo que imaginamos al principio.

Pasamos de un rectángulo de 3 por 12 metros a una instalación inmersiva de casi 18 metros de largo.

En su estructura aparecerán los nombres de todas las personas que han tejido una flor o han ayudado de alguna manera.

Porque esta obra no es de nadie.

Y al mismo tiempo es de todos.

Hoy nos reunimos cada semana para tejer.

En parques, en espacios públicos, en el Museo Nacional Ferroviario Pablo Neruda de Temuco.

Las flores siguen creciendo.

La obra también.

Pero lo más importante no es la instalación final.

Lo importante es lo que ocurre mientras tejemos.

Recordar que somos seres sociales.

Que necesitamos contacto, afecto y compañía.

Tejiendo Puentes es un lugar donde las personas se encuentran.
Donde se crea.
Donde se acompaña.

Un espacio para recordar algo esencial:

La esperanza también se teje.

Y la vida se protege entre todos.

Ximena Lutz Pineda

Instagram: @tejiendopuentes2025

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