No todas las historias empiezan con una fiesta.
Algunas empiezan con un vacío.
La mía olía a silencio
y a preguntas sin respuesta.
Durante años caminé como un Quijote buscando rumbo.
Con el corazón desorientado.
Con la sensación de que tenía que existir otra manera de llenar ese hueco.
Así empezó todo.
Un día apareció Virginia.
No llegó para salvarme.
Ni yo para salvarla a ella.
Simplemente caminamos juntas.
Las dos veníamos con la armadura un poco abollada
y con ese impulso de querer arreglar el mundo
aunque a veces nos olvidáramos de nosotras mismas.
Entonces imaginamos otro camino.
Si tejíamos juntas,
quizá podríamos cuidarnos
mientras cuidábamos a otras personas.
El crochet empezó siendo algo muy sencillo.
Una forma de parar.
De poner ritmo al presente.
De respirar.
Las manos se movían
y la cabeza se calmaba.
Entre lana y charla fuimos descubriendo algo inesperado:
en medio del caos también puede aparecer la calma.
Entre las lágrimas a veces surge una sonrisa.
Y en medio del ruido
el sonido de las agujas puede convertirse en un refugio.
No queríamos heroísmos.
Queríamos red.
Manos que sostuvieran otras manos.
Porque cuando faltan palabras
tejer también es un lenguaje.
Con ese lenguaje empezó a tomar forma algo nuevo.
Así nació la Asociación IAIA.
Una red de personas que tejen juntas.
Cada vez somos más.
Más mujeres, más hombres
y también más niños que se acercan por primera vez a la lana.
Tejemos en centros de mayores y hospitales,
donde compartir el tiempo vuelve a tener sentido.
Tejemos en aulas y bibliotecas,
donde una primera cadeneta puede convertirse también en una conversación sobre memoria, paciencia y tradición.
Tejemos prendas solidarias:
mantas, gorros, cuellos.
Piezas que abrigan a quien las recibe
y también unen a quien las teje.
Mientras hacemos cada prenda
siempre aparece la misma pregunta:
¿Quién la llevará?
¿Dónde llegará?
¿Qué historia abrigará?
Y en cada respuesta hay una parte de nosotras.
Durante mucho tiempo quisimos salvar a todo el mundo.
Creíamos que ayudar sin descanso era la única forma de reparar las cosas.
Pero el hilo también se rompe
si lo tensamos demasiado.
Con Virginia aprendí algo importante:
el cuidado también empieza en casa.
Poner límites.
Descansar.
Pedir ayuda.
La red es más fuerte
cuando cada hebra se cuida para poder sostener a las demás.
En la IAIA también celebramos algo muy antiguo.
La transmisión del saber.
Cuando una abuela enseña a una niña
a hacer su primera cadeneta,
no solo está creando un punto.
Está entregando memoria.
La lana se convierte en lenguaje.
Y el tejer en un acto cotidiano
que construye identidad, comunidad y futuro.
Eso es lo que realmente tejemos.
Abrigo
para quien pasa frío.
Tiempo compartido
para quien necesita compañía.
Aprendizaje
para quien quiere descubrir.
Y también algo invisible.
Un hilo que recuerda que, incluso cuando afuera hace frío,
las personas todavía podemos sostenernos unas a otras.
No quiero esconder que nuestras historias personales también tuvieron grietas.
No hace falta contar todos los detalles.
Pero sí decir esto:
a veces no se puede olvidar.
Lo que sí se puede
es construir algo nuevo.
La Asociación IAIA es nuestra forma de hacerlo.
Una red que nos sostiene
mientras sostenemos a otras personas.
Concha Rey
Instagram: @iaia_org
