Tengo 38 años.
Y desde que tengo memoria, en mi casa está presente la Virgen del Rocío.
La devoción me la inculcaron desde pequeño.
En mi familia, la Virgen es lo más grande.
El tejido también estuvo siempre presente.
Mi abuela era modista.
Mi madre hacía punto de cruz.
Yo crecí viéndolas trabajar.
Mi abuela fue quien más me marcó.
No solo me enseñó a coser, me enseñó a ser la persona que soy.
Le debo tanto…
Con el tejido, aprendí primero el punto de cruz.
Luego las dos agujas.
Más tarde el crochet.
Probé muchas técnicas.
Pero si tengo que elegir, me quedo con el crochet.
Porque es la que mejor se me da.
La que más fluye conmigo.
La que siento más mía.
Durante años tejí como teje cualquiera:
por gusto, por aprendizaje, por inquietud.
Hasta que un día entendí que podía hacer algo más.
Yo siempre he sentido que le debo mucho a la Virgen del Rocío.
Y no sabía cómo expresarlo del todo.
He intentado hacerlo de muchas maneras.
Pero siempre me quedaba la sensación de que aún le debía algo más.
Un día vi una imagen de ella hecha a crochet.
Y pensé:
Si esto es lo que sé hacer con mis manos,
¿por qué no ofrecérselo a ella?
La primera Virgen que hice fue un acto de devoción.
Cada punto,
cada detalle del manto,
cada volante,
cada adorno,
era una forma de rendirle culto.
Desde entonces he hecho muchas.
Y aunque siga el mismo patrón,
para mí ninguna es igual.
Porque no estoy repitiendo una figura.
Estoy repitiendo una ofrenda.
Cuando las estoy creando siento alegría.
Entusiasmo.
Trabajo con la misma ilusión que con la primera.
Con respeto.
Con adoración.
Muchas personas me dicen:
“Hazla con mucho cariño”.
Y yo siempre contesto lo mismo:
todas las hago con el mismo cariño.
Porque la devoción es mi guía.
En mi casa la Virgen del Rocío es lo más grande.
Y esa grandeza se traduce en mi crochet.
El crochet, en mi caso,
no es solo técnica.
Es la herramienta que tengo para expresar lo que siento.
Cada Virgen que sale de mis manos
va destinada a alguien que también la ama.
Porque quien la recibe y la tiene en las manos,
ven devoción.
Ven respeto.
Ven fe convertida en forma.
Y para mí, eso es lo más importante.
El crochet me dio un lenguaje.
Un lenguaje para honrarla.
Para agradecer.
Para compartir esa devoción con otros.
Es una manera de rezar con las manos
y de poner esa oración
en las manos de quien la necesita.
Javier García García
Instagram: @atelierjmreyes
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