El mundo de las labores no entiende de discapacidad – La historia de José

El mundo de las labores no entiende de discapacidad. 

Me llamo José. 
Tengo 47 años. 

Y tejo. 

Hago punto, coso, bordo. 
Pero el ganchillo es mi favorito. 
Es mi yoga mental. 

Todo empezó en 1996. 
Yo estaba estudiando FP. 
Desde los diez años me llamaban la atención las labores, aunque nunca lo había dicho muy alto. 

Ese año fuimos a una feria de manualidades en IFEMA, en Madrid. 
Había talleres. 
Vi uno de ganchillo. 
Me apunté. 

Probé. 
Me costó. 
Me frustré. 
Lo dejé. 

Hasta que una monja se sentó a mi lado. 

Intentó enseñarme con la mano derecha. 
A mí me costaba el doble, porque soy zurdo. 
Pero me repetía: 

—Haz cadeneta. Haz y deshaz. Así se aprende. 

Y yo, que soy cabezón, practiqué todos los días. 

Mi padre vendía cupones de la ONCE. 
Yo le acompañaba de bar en bar. 
Me sentaba en una mesa con mi labor y hacía cadenas mientras él trabajaba. 

Un día, la mujer del dueño del bar, la señora Carmen, se fijó. 

—Ven por las tardes —me dijo—. Yo te enseño a convertir esa cadena en un tapete. 

Ella fue quien me enseñó a subir puntos. 
A contar. 
A hacer cuadraditos. 
A rellenar. 
A seguir un gráfico. 

Me hacía deshacer y volver a empezar. 

Poco a poco, los cuadraditos se convirtieron en flores. 

En casa practicaba sin parar. 
Cuando mi madre me mandaba a hacer un recado, yo respondía: 

—Voy… 

Y ella sabía que tardaría. 
Porque antes tenía que terminar la vuelta. 

Mi labor iba conmigo al instituto, al médico, al trabajo. 
Al principio me daba vergüenza. 
Después dejó de importarme. 

Un día terminé mi primer tapete. 

Y más adelante mi madre me propuso un reto: 
acabar una colcha que mi abuela había dejado a medias. 

Con la ayuda de la señora de la papelería, que me sacó el dibujo, lo conseguí. 

El crochet es mi hobby. 
Pero también es mi calma. 

Contar. 
Equivocarte. 
Deshacer. 
Volver a empezar. 

Eso me ordenaba la cabeza. 

Hoy llevo mi labor en el tren, en el metro, en el avión. 
Antes me escondía. 
Ahora no. 

En el trabajo ya saben que en mis descansos saco la aguja. 
Mi inseparable aguja del número 8. 

Estoy haciendo una colcha para una cama de 1,35. 
Sin prisa. 
Punto a punto. 
Cuando me ven las señoras mayores me dicen que voy muy rápido. 

Mis manos han ganado agilidad. 
Y confianza. 

Además del ganchillo, aprendí corte y confección, punto a dos agujas y bordado. 

Y también soy un amante del ballet. 

Mi otra gran pasión. 

Según mi propia experiencia, 

puedo afirmar: 

El mundo de las labores no tiene discapacidad. 

Cualquiera puede aprender. 

Yo aquí sigo tejiendo. 

Mis amigos dicen que parezco una araña. 

Yo tejo mi manera de vivir. 

José Lorenzo

TikTok: @jose.lorenzo.fuen

Instagram: @joselorenzofuentesmartel

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