Después de cinco años formándome como diseñadora gráfica, este es el primero en el que ejerzo de forma profesional. Paso gran parte del día frente al ordenador. Frente a la pantalla, ventanas abiertas, capas que se superponen, paletas de colores que pruebo y descarto, tipografías que comparo milimétricamente y composiciones que ajusto una y otra vez. Trabajo tomando decisiones constantes, sabiendo que si algo falla puedo deshacerlo al instante. En lo digital, el error rara vez es definitivo; un simple “Ctrl Z” basta para borrar y volver a ajustar.
Pero mucho antes de aprender qué era el “Ctrl Z”, aprendí a tejer. Antes del diseño, estuvo el crochet.
Mi abuela me enseñó cuando yo tenía ocho años, en uno de esos veranos tranquilos en los que pasábamos mucho tiempo en casa. Primero intentó que aprendiera punto de cruz, y para que entendiera dónde iba cada punto, me traía retales de tela con agujeros grandes y, con calma, me enseñaba a pasar la aguja. Durante varios días solo hicimos eso, aprender a hacer filas, repetir el gesto hasta que saliera casi sin pensar. Entrar, sacar y tirar del hilo. Fila tras fila. Paciencia tras paciencia.
Hubo otro momento en el que intentó que aprendiera a tejer con dos agujas. Cambiaban las manos, cambiaba el ritmo, pero seguíamos sentadas una al lado de la otra, deshaciendo y volviendo a empezar cuando hacía falta.
Ella hacía cualquier cosa. Cosía, bordaba, tejía. Recuerdo fines de semana en el sofá de su casa, con una película de fondo, mientras ella trabajaba en silencio y yo la miraba, intentando entender cómo de un hilo podía hacer cualquier cosa. También hubo tardes en las que dejé de mirar para convertirme en su aprendiz.
Con once años me apunté a clases de crochet en la mercería de mi pueblo. Estuve poco tiempo, apenas unos meses, pero fue suficiente. Aprendí los puntos básicos, a leer patrones, y desde entonces nunca lo solté.
Durante mucho tiempo fue algo extraño, solo era una niña que tejía. Muchas veces me daba vergüenza decir que era mi hobby. Y no solo lo sentía yo, muchas personas me hacían saber que eso estaba vinculado a mujeres mayores.
Hubo momentos en los que no me sentía plenamente conectada a esto, como si no formase parte de mí. Pero conforme fui creciendo me di cuenta de que realmente me conectaba conmigo misma, que era donde yo misma me encontraba. Tejer se convertía en silencio, en concentración, en mi manera de desconectar del ritmo abrumador del mundo que me rodea.
También descubrí que, aunque pudiera parecer contradictorio, el crochet podía ser una forma de comunidad. Hoy veo chicas de mi edad tejiendo en redes, compartiendo lo que hacen sin pudor, y eso me reconcilia. En esta comunidad tan amplia, llena de mil historias, yo no tejo para vender; no quiero convertir mi refugio en productividad. Me gusta pensar en este espacio como un núcleo de mi creatividad, un paréntesis en el día o en la semana, tiempo que me dedico a mí misma. Cuando tejo y pienso “esto es para Lucía”, el gesto cambia: deja de ser solo algo individual. Se convierte en cuidado, se convierte en vínculo.
Mi última práctica lectiva, mi Trabajo de Final de Grado, nació de aquí. Quise investigar la práctica artesanal como espacio refugio frente a la inmediatez digital.
En el diseño gráfico todo puede deshacerse en un momento. En el crochet no: si te equivocas tres vueltas atrás, deshaces tres vueltas, punto por punto. El tiempo no desaparece, se transforma. Esa diferencia me hizo reflexionar sobre cómo habitamos el tiempo.
Creé piezas textiles que hablaban de la pausa, del hogar, de la calma. Después, realicé tapices que traducían el uso del móvil en hilo: cada uno tenía 24 pasadas, una por cada hora del día. El tiempo de pantalla se convertía en color, en materia. Lo que en el móvil es solo una cifra, en la pieza ocupaba espacio real, tangible y casi físico.
Mi proyecto unía tres cosas: el espacio refugio, los tejidos artesanales y mi abuela.
Ella murió hace ya unos años, y trabajar en esto fue una forma de volver a sentarme a su lado. Fue volver a tomar aquel hilo que ella puso entre mis manos y entender que, aunque el tiempo pase, su gesto sigue formando parte de quién soy. Que cada puntada, cada color y cada patrón llevan un pedazo de ella conmigo.
Anna Padrós
Instagram: @annapaddros

