Tejer para sostener la vida

Me enseñó mi tía.
Yo tenía siete años.

A mi madre no le gustaba.
Pero a mí me fascinaba mirar.
Ver cómo algo aparecía de la nada.

Empecé con poco.
Cadenetas.
Cuadrados.
Pequeñas cosas.

A los trece años volví.
No por aprender.
Por necesidad.

Cuando me sentía mal, tejía.
Le hacía vestidos a mis muñecas.
Y cuando me regalaban ovillos,
no podía dejar de pensar en qué crear.

Luego vino la vida.

Me casé.
Tuve un embarazo complicado.
Y tejía en el hospital.
En los ratos de reposo.

Les hacía cosas a mis hijos.
Punto a punto.

Después dejé de tejer.
No por elección.

Dos mellizos.
Y otro bebé poco después.
No había tiempo.
No había espacio.

Mi matrimonio se convirtió en una cárcel.
Y en medio de todo,
volví al hilo.

Tejía para no caer.
Para no quedarme vacía.
Para seguir.

No podía estar quieta mirando la televisión.
Necesitaba hacer algo con las manos.
Sostenerme.

Me divorcié.
Tres niños pequeños.
Y sin trabajo.

Me ofrecieron un empleo en Portugal.
Y me fui.

Sin idioma.
Sin red.
Con tres hijos.

Allí, las revistas de crochet eran un refugio.
Tejer me calmaba.
Me ordenaba la cabeza
después de días largos,
de aprender un idioma nuevo,
de sostenerlo todo sola.

Un día aparecieron bultos en el pecho.

Y otra vez, el hospital.

En el bolso, siempre lo mismo:
un ovillo
y una aguja.

En las salas de espera.
En la habitación.
En silencio.

Me curé.

Volví a España en 2018.
Otra vez mudanzas.
Cambios.
Acompañar a mis hijos.

Y dejé de tejer.

Hasta que volvió.

Hace dos años.
Sin aviso.

Una necesidad fuerte.
Casi urgente.

Necesitaba crear.

Mi hija pequeña empezó a enfermar.
Tres operaciones.
Muchos ingresos.

Y otra vez el hospital.

Y otra vez el hilo.

Siempre conmigo.

Ahora estoy aquí.
Sentada.
Esperando a que salga del quirófano.

Y mientras espero,
tejo.

Le estoy haciendo un chaleco.
El que ella quiere.

Virginia

Instagram: @bolsos_Mayvi

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