El tejido como refugio: historia de una mujer que tejió para vivir, sanar y resistir

Desde niña siempre tuve un estado de salud muy vulnerable. 
A los siete años comencé con dolores muy fuertes en todo el cuerpo. Me realizaron estudios y me diagnosticaron fiebre reumática. Hoy es una enfermedad controlable, pero en aquella época el tratamiento era simple y duro: antibióticos, antiinflamatorios para soportar el dolor y reposo absoluto. 

Gran parte de mi infancia transcurrió entre la cama y el sillón. Yo había sido una niña inquieta y no fue fácil, a esa edad, permanecer acostada casi todo el día. La televisión era en blanco y negro, con pocos horarios infantiles; los juguetes se agotaban pronto y los cuentos se releían una y otra vez. 
Me atraían las enciclopedias, la historia, los mapas y los atlas. Viajaba a través de los libros. Leí mucho, muchísimo, y aprendí muchas cosas estando “quieta”. 

Mi hermana estuvo siempre muy presente en mi vida. Fue mi gran compañera, y a ella le debo el homenaje de ser la mujer que soy hoy. 

Durante uno de esos períodos de reposo, mi hermana llegó un día con una revista de tejido llamada El arte de tejer. Se publicaba anualmente y contenía modelos de distintas estaciones. Era un libro enorme, muy bien presentado, de excelente calidad editorial. Al verlo pensé: yo quiero hacer todo esto
Pero no entendía cómo se contaban los puntos ni cómo se leían los diagramas. 

Por entonces, la tía María, tía anciana de mi padre, volvió de Italia. Me encontró en la cama, enferma. Ella tejía con palillos y también sabía crochet. Como mi madre salía mucho, yo quedaba al cuidado de mi hermana, que era diez años mayor, y de la tía María. 

Mi hermana vio mi interés por las labores y se lo contó a la tía María. Aquella anciana dulce se ofreció a enseñarme. Teníamos algunas dificultades: ella hablaba italiano, no leía español, no sabía leer diagramas y además era zurda. Nada fue un impedimento. Yo entendía italiano y me adapté a su vocabulario. 

Un día llegó con el regalo esperado: una aguja de metal y una pequeña madeja de lana amarilla. Hicimos un ovillo y se sentó frente a mí, en la cama. Como ambas éramos zurdas y yo debía copiarla, comencé a utilizar la mano derecha para reproducir lo que ella hacía con la izquierda. Así desarrollé una destreza que antes no tenía. 

Comenzamos con pequeñas cadenetas, que yo regalaba a quienes me visitaban. 
Ahí fue el inicio de mi mundo entre hilos y colores. 

Con el tiempo mejoré de la enfermedad y pude volver a la escuela. Mientras otras niñas jugaban con muñecas, yo prefería pasar tiempo con la tía María. El tiempo con ella era muy rico: hablábamos italiano, tejíamos y aprendía constantemente. Poco a poco, entre italiano, español y símbolos, aprendí a leer diagramas sin que nadie me enseñara. 

Y así aprendí a tejer. 

En quinto grado volví a enfermar y contraje hepatitis B. En aquella época no había vacunas. Estuve tres o cuatro meses en cama, en aislamiento. Durante ese tiempo, mi hermana y la tía María estuvieron conmigo. Le pedía a mi tía que me comprara más hilos, que me enseñara otras técnicas, que me trajera colores distintos. Con nueve años tejí una manta del tamaño de mi cama, con la que me cubrí durante aquel frío invierno. 

El tejido comenzó a ocupar un lugar cada vez más importante en mi vida. Empecé a tejer pequeños cuadrados para el colegio y propuse a la maestra que las niñas que quisieran aprender pudiéramos ayudar. Así, entre todas, armábamos mantas para hospitales humildes. 

Por esa iniciativa, la profesora de manualidades me invitó a participar en una exposición. Allí presenté una capa que había tejido para mi tía María, un cubrecamas y algunas piezas pequeñas. 

Durante la secundaria estudié en un colegio de monjas. Estuve un tiempo como pupila y allí aprendí bordado, costura y distintos tipos de tejidos. Era un ámbito muy estricto, pero las manualidades eran para mí un espacio propio. 

A mis trece años mis padres se separaron. Cuando las monjas se enteraron de la situación familiar, me echaron del colegio. Fue un momento muy duro. 

Fui aceptada entonces en otro colegio católico, con una beca que debía sostener con buenas calificaciones. Al mismo tiempo, mi madre me exigía que trabajara y llevara dinero a casa. Y que, si quería seguir estudiando, debía pagármelo yo. 
Y yo sí quería estudiar. Era muy buena en eso. 

En ese nuevo colegio tejí para la profesora de contabilidad y también para mis compañeros y compañeras, y me pagaban por ello. Muchas veces la profesora me entregaba el dinero en la plaza que estaba justo frente al colegio, de manera discreta. Gracias a eso podía comprar materiales, útiles y seguir estudiando. 

Durante la secundaria también tuve varios trabajos. El más duro fue limpiar baños en un taller metalúrgico cercano a mi casa. Iba caminando para no gastar en transporte. Mientras limpiaba, soñaba con otra vida, una donde pudiera crear con colores mi vida. 

Al terminar la secundaria ingresé a la universidad en cuarto lugar de mérito, pero nunca pude comenzar. Mi madre no me lo permitió. Decía que, si mi hermana había tenido que abandonar para llevar dinero a casa, yo debía hacer lo mismo. Mientras tanto, seguía tejiendo. 

Me recomendaron trabajo con una mujer que tenía una boutique de ropa elegante. En esa época se publicó la revista española Sandra, con tejidos que llevaban apliques de plumas, sedas, brillos, canutillos y perlas. Me especialicé en ese tipo de trabajos. La dueña comenzó a comprarme mis piezas y llegué a ganar lo mismo que en mis otros empleos. 

Un día fui a la boutique. Tenía dieciocho años. Vi cómo colocaban sus etiquetas a mis tejidos y los vendían al triple de lo que me pagaban. Fue mi primera desilusión laboral. 

Más adelante me casé y tuve a mi hija. Le hice todo su ajuar: tejidos, bordados y prendas en muchas técnicas. Cuando mi hija era pequeña me separé. De una madre violenta pasé a un marido complicado. Cuando pude, me divorcié y encontré cierta estabilidad. 

Ingresé a trabajar en el Poder Judicial de Mendoza, donde hice una larga carrera. Mientras estudiaba, criaba a mis hijos y trabajaba, seguía tejiendo. El tejido siempre estuvo presente. Tejía para compañeros de trabajo, esposas de jueces y magistrados. Mi hermana también trabajaba en Tribunales, en la Suprema Corte de Justicia, y a través de ella mi trabajo siguió circulando. 

A los cuarenta años sufrí un accidente cerebral que complicó mi vida laboral. A los cuarenta y ocho, el mismo año en que murió mi hermana, me diagnosticaron cáncer. Me realizaron una doble mastectomía radical. Ya no podía tejer con palillos por la sensibilidad de las heridas. Era un cáncer muy avanzado. 

Tras muchos tratamientos, cambios de hábitos y once años de lucha, el año pasado me dieron el alta oncológica. 

Hoy estoy jubilada. El tejido sigue siendo mi ingreso extra. Es lo que me permite vivir con tranquilidad, no estar contando, y sentirme bien. 

Tejer genera introspección. Es un estado de meditación constante. El movimiento repetido de las manos aquieta la mente y transmite paz. Cada punto crea belleza y conexión interior. 

Hoy tengo a mis hijos, mis perros, mi casa y mi jardín. Sigo con mis mates, mis tejidos y mi emprendimiento. Desde hace un tiempo muestro mi trabajo en redes sociales. Mi hija vive en Dubái y me trae hilados especiales, agujas y detalles bellísimos. 

Ese es mi mundo. 
Y ahí soy feliz. 

Sandra Rosana Lodi

Instagram: @pankara.artesanal

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