Deshacer para volver a avanzar: una vida tejida a crochet

Nací en un pueblo de Extremadura. 
Cuando tenía dos años, mis padres se fueron a vivir a Barcelona. 

A los ocho años, a mi padre lo ingresaron para una operación de corazón. 
Le di un beso como siempre, sin saber que sería el último. 
Murió en quirófano. 

Cuando era pequeña salíamos a jugar a la calle. 
Vivíamos muchas vecinas y amigas del colegio en la misma calle. 
Una de ellas nos enseñó a hacerle a la muñeca el traje de sevillana que se colocaba encima de la televisión. 

Recuerdo que, cuando ya lo tenía casi terminado, me lo deshizo entero porque había un punto mal hecho. 
En ese momento me enfadé muchísimo. 
Pero con el tiempo entendí algo que se me quedó grabado: 
cuando algo no está bien, a veces hay que deshacer para poder avanzar mejor. 
Una lección de vida aprendida en un punto mal hecho. 

Me casé con una persona de Cádiz y nos fuimos a vivir allí. 
Ya tenía a mi hijo, y después nació mi hija. 
Cuando ellos eran adolescentes, nos divorciamos. 

Trabajé en varios sitios, hasta que me quedé en paro. 
Mis hijos ya se habían casado y decidí volver a Barcelona, a vivir con mi madre y cerca de mi hermana. 

Encontré trabajo en una residencia. 
Siete años después, me detectaron un bulto en el pecho. 

Vinieron los tratamientos: quimioterapia, la amputación de medio pecho, radioterapia y braquiterapia. 
Año y medio de tratamientos. 
Después, rehabilitación del brazo, porque me quitaron todos los ganglios de la axila y desarrollé linfedema. 

Me dieron una discapacidad. Apenas podía mover el brazo derecho. 
La doctora que me revisa cada seis meses me dijo que el movimiento del crochet me iba muy bien para la hinchazón. 

Más tarde me detectaron el gen BRCA1 y tuve que quitarme las dos mamas y los ovarios. 
Perdí mi trabajo porque no podía coger peso, aunque más adelante encontré otro en recepción, adaptado a mi discapacidad. 

Esta es la parte difícil. 
Pero no quiero hacer un drama. 
Esta es mi vida. 

Y en el camino también ha habido momentos muy felices. 
Todo esto me ha hecho fuerte. 
Y he aprendido que siempre hay alguna solución, aunque no sea la que esperabas. 

El crochet ha sido terapéutico para mí. 
Ha sido un salvavidas. 
Se parece mucho a la meditación, pero con algo añadido: 
ver lo que haces con tus manos, terminarlo, tocarlo. 
Eso da satisfacción y sube la autoestima. 

Tengo cuatro nietos, de cinco, seis, siete y nueve años. 
Están deseando que su abuela les lleve un muñeco. 
Voy dos veces al año a Andalucía a verlos. 
Antes me pedían uno cada uno; ahora ya me piden dos. 

Cuando ven los muñecos, la cara que ponen no tiene precio. 
Me piden personajes de Bola de Dragón, Stranger Things, Sonic, k-pop… 

Empecé a dar clases de crochet a antiguas compañeras de la residencia y algunas se engancharon. 
También hice voluntariado con mujeres vulnerables, enseñándoles a tejer. 

Hace casi dos años me volví a casar. 
Viajo mucho. 
El crochet me acompaña. 

No ha sido solo una afición. 
Ha sido una forma de sostenerme. 
De volver a avanzar, punto a punto, incluso cuando antes hubo que deshacer. 

Juani Vera 

Instagram: @juaniveramigarumis 

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