Soy una persona muy inquieta.
Siempre lo he sido.
Me gusta tocar muchos palos, probar cosas distintas, no quedarme en un solo sitio.
Por eso empecé tejiendo como forma meditativa.
A veces me ponía a tejer a las diez.
O a las doce.
Y me quedaba ahí, enganchada, punto tras punto, hasta las dos de la mañana.
De tanto tejer, empezó a dolerme la muñeca.
Y tuve que dejarlo una temporada.
Fue parar porque no quedaba otra.
Y claro, como mujer inquieta, probé otras cosas.
Probé el crochet.
Ahí encontré otra forma de seguir.
Otro ritmo.
Otra manera de tener las manos ocupadas y la cabeza tranquila.
No hago una sola cosa.
Nunca lo he hecho.
Voy probando.
Escuchando el cuerpo.
Cambiando de técnica cuando hace falta.
Y sigo creando.
De distintas formas, pero sigo.
Llevo cuatro años atravesando un proceso oncológico.
Han sido años largos.
Y bastante solitarios.
Mi familia está lejos.
Muy lejos.
Y cuando el apoyo no puede estar cerca, una tiene que buscar sostén en otro sitio.
En mi caso fue la creatividad.
Empecé con scrapbooking.
También mixed media.
Probar materiales.
Mezclar cosas.
Ver qué pasaba si a esto le añadía aquello.
Y entonces ocurría algo muy sencillo, pero muy importante.
Si le echaba esto, se producía esta reacción.
Si cambiaba el material, cambiaba el resultado.
Y sin darme cuenta, dejaba de darle vueltas a la cabeza.
La enfermedad se quedaba a un lado.
No desaparecía, pero dejaba de ocuparlo todo.
Me quedaba sola en casa.
Ponía un poco de música.
Y me sentaba a crear.
Pero no era solo crear.
Era entrar en una especie de silencio.
Mientras creaba, la mente se calmaba.
Y a veces, sin buscarlas, aparecían respuestas.
A problemas que tenía.
A preocupaciones que llevaba encima.
No era algo mágico.
Era más bien silencioso.
Como si, al dejar de forzar, las cosas se ordenaran solas.
Además, al usar materiales distintos, texturas nuevas, reacciones inesperadas,
sentía algo que hacía mucho tiempo que no sentía.
Me sentía como una niña.
Curiosa.
Sorprendida.
Jugando sin un objetivo claro.
Ahora sigo de baja.
He tenido un cáncer de mama y después uno de pulmón.
El pulmón me limita.
Me ahogo.
Me cuesta respirar.
Es lo que hay.
Tengo que cuidarme, hacer ejercicios, ir más despacio.
Aceptar el cuerpo que tengo ahora.
Pero aun así, la creatividad sigue siendo un lugar seguro.
Vivo sola.
Y para mí, hacer cosas con las manos, en silencio, es fascinante.
Porque cuando me acuesto, en lugar de pensar en la enfermedad,
empiezo a imaginar.
Esto lo haría así.
Esto lo cambiaría.
Esto otro se podría dibujar de esta manera.
La cabeza empieza a bullir.
A veces cierro los ojos
y veo imágenes.
Imágenes bonitas.
Ideas.
Posibilidades.
Tengo una imaginación muy grande.
Y durante mucho tiempo fue lo único que no me pudieron quitar.
Para mí, todo este proceso ha sido un proceso de salvación.
No lo vivo solo como una enfermedad.
Prefiero llamarlo un proceso de sanación.
La vida me paró.
El trabajo me asfixiaba.
La vida me paró porque yo no era capaz de parar sola.
No era capaz de decirle a mi empresa:
ahí te quedas.
Trabajaba como documentalista y el nivel de estrés es muy alto.
Llegaba a casa agotada.
Tan cansada que no te pones a hacer nada creativo.
Así durante mucho tiempo.
He hecho una introspección muy grande.
He visto que hay cosas más allá del trabajo.
Otros ritmos.
Otras prioridades.
Para mí ha sido una enseñanza.
Ahora puedo quedarme asombrada con una flor pequeña.
Con una forma rara.
Con una piedra.
Porque cuando desarrollas la creatividad,
también desarrollas la sensibilidad.
Y una introspección muy profunda.
Por eso siempre digo lo mismo.
Da igual no saber dibujar.
Da igual no saber tejer.
Da igual hacerlo mal.
Hazlo igual.
Porque estás activando una parte del cerebro
que puede sostenerte cuando todo lo demás pesa demasiado.
La creatividad no me ha curado.
Pero me ha acompañado.
Me ha sostenido.
Para mí, hoy,
eso es más que suficiente.
Ana Belén Martínez Domene
Instagram: @ana.domene
