La herencia invisible: una historia de crochet, abuelas y paciencia

El crochet nació, creo yo, en la mayoría de los argentinos y argentinas, de la mano de nuestras abuelas. 
En mi caso fue así. 

Mi mamá salía a trabajar y yo me crié prácticamente con mi abuela desde chiquita. 
Con ella fui mamando esa experiencia sin darme cuenta. El crochet llegó así, de forma natural. 
También tejo dos agujas, pero el crochet me tira más. Me apasiona más. 

Es una forma de descargar todo lo que tengo adentro. 
O de potenciar lo que siento en ese momento. 

No siempre estoy conforme con lo que hago. 
Nunca termino de quedarme tranquila con lo que tejo. Siempre le encuentro un defecto. 
Supongo que tiene que ver con la falta de confianza, con la autoestima. 

Mi mamá me lo recrimina a veces. 
Me dice: “pero es hermoso lo que hacés”
Y aun así, yo sigo viendo lo que no me convence. 

Estoy casada, tengo cuatro hijos. 
Siempre trabajé como secretaria administrativa, aunque hace ya muchos años que no ejerzo. 

Hoy el crochet es mi cable a tierra. 
Me salvó muchas veces. 
La aguja y el tejido me ayudaron a atravesar momentos de depresión y situaciones difíciles en casa. 
Cuando las cosas se ponían pesadas, tejer me ordenaba un poco por dentro. 

Siempre estoy creando. 
No solo con crochet. También tengo mi máquina de coser, apoyada sobre una base que era de mi abuela, de una Singer vieja. 
Me gusta crear con las manos. Me gustan las manualidades. 

El crochet me ayuda con la ansiedad. 
Es una forma de centrar la mente. 
En ese rato no pienso en nada más. 

Conservo carpetas tejidas por mis bisabuelas. 
Son delicadísimas. 
Las mirás y pensás en la paciencia que tenían, en esos hilos tan finitos, en esas agujas minúsculas. 

Yo no tengo esa paciencia. 
Pero cuando las veo, entiendo que ahí también hay una historia que sigue viva. 

Marcela Alejandra Moll

Instagram: @suenopropio 

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