Han pasado ya dos años desde que me dieron el alta.
Tuve cáncer de mama.
Y el crochet estuvo conmigo durante todo el proceso.
Hay cosas importantes que las recuerdo.
Pero por culpa de la quimioterapia he perdido la memoria de las pequeñas cosas.
No recuerdo las tablas de multiplicar.
Cuento con los dedos como un niño chico.
También está la falta de elocuencia.
Sabes lo que quieres decir, pero la palabra no sale.
El cáncer de mama te obliga a entrar en la menopausia.
Y cuando se juntan la quimioterapia y la menopausia, hay momentos en los que te dan ganas de chocar la cabeza contra la pared.
Es una impotencia muy grande.
Un día quería decirle a mi hija que recogiera las zapatillas del suelo.
Y estuve diez minutos sin que me saliera la palabra zapatillas.
La tenía en la cabeza, pero no podía sacarla.
Eso te va rompiendo por dentro.
En estos dos últimos años me han venido depresiones.
He perdido mi alegría.
Aun así, siempre he sido una persona muy positiva.
He tenido buena actitud.
Y casi es una necesidad.
Porque hacerte la pregunta de ¿por qué a mí? es devastador.
Prefiero pensar que todo esto será por algo.
Que tendrá algún sentido, aunque ahora no lo vea.
El día de la operación, lo primero que le pregunté al cirujano fue si podría tejer.
Así, tal cual.
Me miró y me dijo:
—¿Qué necesitas para tejer?
—La muñeca —le contesté.
—El hombro y el brazo no los mueves, ¿verdad?
—No, solo necesito la muñeca.
—Pues teje todo lo que quieras —me dijo.
Y tejí.
Casi tejí el hospital entero a ganchillo.
Les hacía a las enfermeras todo lo que me pedían.
Pequeñas cosas.
Detalles.
Eso me ayudaba.
Me mantenía ocupada.
Me mantenía cuerda.
Aunque seas muy positiva, hay momentos que te superan.
Miras a la gente que te rodea.
A tu familia.
Intentan estar bien, sonríen.
Pero ves la pena en sus ojos.
La reconoces.
La veo también en mi hija, que ahora tiene catorce años.
Antes, cuando ella tenía seis, perdí el bebé que estaba esperando.
Lo teníamos todo preparado para su nacimiento.
No sabíamos cómo decírselo.
Cuando por fin se lo contamos, nos respondió:
—Mamá, lo importante es que estés bien para cuidarme a mí.
Desde entonces, su opinión cuenta como una más en casa.
Mi niña es mi clon.
Es como yo.
Lloramos por todo.
Somos una familia muy humilde.
Mi marido, mi hija y yo.
Siempre hemos trabajado los dos, llegando justos a fin de mes.
Todo nos ha costado mucho.
Yo trabajaba en la cocina y al mismo tiempo estudiaba auxiliar de farmacia.
Pero a mitad de las prácticas tuve que dejarlo.
Fue cuando me dieron la noticia del cáncer.
Ahora no me acuerdo de nada de lo que estudié.
Volver al mundo laboral me está costando muchísimo.
Una mujer de 46 años, sin trabajo y después de pasar un cáncer, lo tiene realmente difícil.
Aun así, no pierdo la fe.
No quiero sentirme culpable por el rechazo.
No quiero cargar con eso también.
Por eso el ganchillo.
El ganchillo es lo que me bloquea la mente.
Cuando estoy tejiendo, solo estoy tejiendo.
No hay nada más a mi alrededor.
Solo contar puntos.
Y quizá por todo esto, ahora siento la necesidad de ayudar a los demás con lo mismo que a mí me ayudó.
Quiero enseñar crochet a los niños, como ya hago en los boy scouts donde van mis hijos.
Darles clases, compartir tiempo, hacer pequeñas cosas juntos.
Quiero ir al hogar del pensionista y dar clases a mujeres mayores que se sienten solas.
No para grandes proyectos.
Para aprender, charlar y pasar el rato.
Y tengo en mente algo más.
Me gustaría poder ir a la unidad oncológica.
Dar clases de acompañamiento con ganchillo.
A las mujeres que están pasando la enfermedad.
Y también a las acompañantes, que pasan muchas horas allí metidas y de las que casi nadie se acuerda.
Todo gratuito.
Solo por ayudar.
Porque yo sé lo que sostiene en esos momentos.
A pesar de todo, sonrío a la vida.
La miro con positivismo.
E intento disfrutar siempre que puedo.
Solo contar puntos.
Y seguir.
Irene Romero Bellido
Instagram: @Iretessitura
