Soy de Argentina. Nací en Córdoba. Estudié bioquímica y me casé ya grandecita. Tenía 32 años cuando me casé.
Por los vaivenes de la economía argentina, que siempre está fluctuando, en el año 2001, cuando ya habían nacido mis dos hijas, llegó la gran crisis. En ese momento una tenía tres años y la otra apenas uno.
Mi esposo, que es ingeniero y trabaja en control de calidad, se quedó sin empleo.
Y yo tenía un laboratorio en Santa Rosa de Calamuchita, un pueblo en las sierras.
Las obras sociales, el sistema que debería devolverte el dinero, empezaron a no pagar.
El laboratorio dejó de ser sostenible.
Así que tuvimos que mudarnos de ciudad. No fue por deseo. Fue por supervivencia.
El único trabajo que consiguió mi esposo en ese momento fue en otra ciudad, a unos 400 kilómetros de la nuestra. Muy lejos de donde yo tenía mis amigos, mi familia, mis actividades. Me fui con dos niñas pequeñas.
Años antes, cuatro o cinco, había muerto mi nona, la mamá de mi mamá. Yo tenía con ella un vínculo muy fuerte.
Cuando murió, empezó el reparto de las cosas de la casa.
Yo no quería nada. Siempre tendimos a ser bastante minimalistas. Nunca quiero nada.
Pero mi mamá dijo:
—Bueno, por lo menos las agujas de crochet.
Cuando me tuve que ir a vivir a esa otra ciudad, sola, con mis dos hijas y sin conocer a nadie, un día pensé: las agujas de crochet las tengo.
Me compré un hilito, saqué las agujas y empecé a recordar.
Recordar cómo movían las manos mi nona.
Eso es muy lindo.
Porque yo creo que el crochet me atravesó y volvió a unir con ella.
Con mi nona, con mi abuela una vez más, aunque ya no estuviera con nosotros.
Me acordaba de sus manos, de sus movimientos.
Después conseguí unas revista.
Y con esas dos o tres revistas, que más o menos explicaban, fui aprendiendo.
Así fue como empecé a tejer crochet.
Y la verdad es que todo ese período me acompañó muchísimo.
Hacía cortinitas, cositas para mis amigos…
fue un gran compañero, el crochet.
Después pasaron los años.
Y hace veinte nos fuimos a vivir a Canadá.
En Canadá conocí a Alicia. Y desde el principio nos hicimos familia.
Fue una de esas amistades que no se explican mucho.
Nosotras nos llevamos muy bien.
Nuestros maridos tienen los mismos intereses.
Y nuestras hijas, mis dos hijas y la suya, se hicieron hermanas inmediatamente.
Así que desde hace veinte años hemos estado siempre juntos.
Somos dos parejas con nuestros hijos.
Siete personas en total.
Tenemos un grupo grande de amigos , familias de Argentina y de Uruguay.
A veces nos hacíamos regalos entre amigas.
Alicia no hacía crochet.
Entonces yo tejía algo y ella lo bordaba.
Era un trabajo compartido.
Después le enseñe los puntos básicos y ahora es una experta crochetera.
Nuestras hijas nos decían:
—Mamá, mirá qué lindo que les sale. ¿Por qué no prueban venderlo?
Y un día dijimos:
¿y por qué no?
No como un negocio, sino como una excusa.
Porque ya teníamos a todo el mundo bastante saturado de regalos.
Y porque compartirlo nos daba un motivo más para juntarnos.
Así empezamos.
Primero poniendo algunas cosas en línea.
Después yendo a algún mercado en una fecha puntual.
Eso nos obligaba a vernos, a organizarnos, a pasar tiempo juntas.
Siempre lo tuvimos claro: esto no es por razones monetarias.
No ganamos nada.
Y si uno hiciera las cuentas, entre los maridos que nos llevan, que nos traen, lo que compramos… seguramente es más pérdida que ganancia.
Pero eso nunca fue lo importante.
A veces Alicia viene a casa.
Y compartimos ratos largos sin hablar.
Cada una en lo suyo.
Y qué lindo es tener una amiga con la que podés compartir esos silencios.
Qué bonito encontrar a alguien con quien podés estar en silencio.
Eso habla de mucha confianza.
De mucha compenetración.
Es hermoso.
Por eso le pusimos al grupo Los siete puntos.
Por nuestras dos familias, que somos siete.
Y porque, de alguna manera, entre nosotras hemos tejido una historia juntas en Canadá.
El crochet es un poco eso.
Parar.
Descansar la mirada.
Concentrarse en una actividad.
Tejer buenas amistades.
Usar el crochet como excusa.
Y ponerle el corazón.
Jacqueline
Instagram: les7points
